Rabia Adormecida:



En cuanto abrí los ojos, pude vislumbrar a mi alrededor el desastre al que alguien me había sometido, estaba amordazada, sudaba y casi no podía respirar, las cuerdas estaban atadas a la silla donde estaba sentada demasiado fuerte como para permitir que entrara el aire en mis pulmones. Todavía estaba algo mareada y no recordaba lo que ocurrió el día anterior, notaba la boca seca debido a las horas que habrían pasado sin hidratarme, me sentía muy cansada y parecía que me hubiesen abierto la cabeza con un martillo, no podía soportar el dolor. Estaba en una especie de sótano en una casa de madera, dado que, todo mi alrededor estaba repleto de ella, parecía útil para lo que mi secuestrador quería hacer conmigo y no dudaba de que tenía práctica, había un conglomerado de utensilios en la pared del fondo que me producían auténticos escalofríos y parecían tan afilados que no podría decir que no tenía miedo, estaba más bien aterrada.

Oía sus pisadas en la parte de arriba, tan pesadas, tan sufridas. No sabía si lo hacía a propósito para despertarme y poder jugar conmigo o si era una manía incontrolada. Intentaba imaginarme a ese hombre, e incluso, trataba de recordar cómo llegué aquí. Seguía sin ideas, mis recuerdos estaban borrosos, ni siquiera podía imaginar qué me esperaba en este sótano donde podría haber muerto más gente de la que esperaba, simplemente, me esperaba lo peor. Di un salto cuando escuché que se abría la puerta del sótano y esas pisadas que había oído en la planta de arriba, ahora se oían en las escaleras y, por fin, pude ver su cara mientras se acercaba, poco a poco, saboreando ese control que tenía sobre mí. 

Su cabello era negro, corto por los lados y por detrás y con un pequeño flequillo que tenía peinado al lado izquierdo, algo más largo. Sus ojos castaño oscuro, se centraron en mí, hipnotizantes, atemorizándome, haciéndome saber que no saldría de allí viva. Su tez era pálida y su cuerpo demasiado esbelto, incluso, llegando a lo preocupante; en cuanto se acercó mucho más a mi posición y estuvo justo enfrente de mí, se levantó todo el vello de mis brazos, me parecía alguien escalofriante, parecía un tipo bastante controlador, iba muy elegante, como un pincel con ese traje azul oscuro y esa corbata tan bien planchada y cuidada, no tenía una sola mancha y sus mangas ni siquiera se arrugaban al mover los brazos, era un tipo bastante perfeccionista, por lo que podía comprobar. Se sentó en una silla, su cara se acercó a la mía y sonrió de forma maliciosa, algo que hizo que me echara hacia atrás y dejara de moverme para intentar zafarme de las cuerdas. 

- ¿Qué estoy haciendo aquí? - me atreví a preguntar, antes de que él abriese la boca. Siempre había tenido una iniciativa magnética, aunque estuviese cagada de miedo, no podía cambiar -.

- Directa, con iniciativa - su voz era profunda, casi sensual. Seguía mirándome con fijeza, sin parpadear, como si estuviese... - Estoy maravillado por tu belleza.

- ¿Cómo? - le miré con desprecio y dejé caer la pregunta más importante de todas - ¿Por esa belleza es por la que me has traído a este estúpido sitio, me has dejado casi sin aire, me has borrado la memoria? Genial.

- ¿Te gusta jugar, pequeña? - esa sonrisa maliciosa, empezó a agrandarse hasta el punto de aterrorizarme, no tenía ni idea de lo que sería capaz tras ser una insolente incapaz de cambiar su pasado ni su carácter, quizá me costaría la... ¡oh, dios mío! -.

Se había dirigido al fondo del sótano a coger un bate de béisbol con demasiados clavos como para contarlos, esperaba que no fuera para mí pero me equivoqué, me dio con él en la cara con todas sus fuerzas. Pude concluir que tenía una rabia interior que había adormecido durante mucho tiempo, no permitía un solo punto de humor en las frases. Rígido, estilizado, perfeccionista, obsesivo-compulsivo dado lo pulcramente organizado que lo tenía todo en aquel sótano y aquellos impulsos incontrolables. Tras haberme castigado lo suficiente por haber hecho una simple pregunta con algo de humor, me trajo un espejo y su cara de enfado y rabia, se transformaron en pura alegría y triunfo.

- ¿Has visto qué guapa has quedado? ¿Crees que podrás arreglarlo con algo de maquillaje? - sus carcajadas empezaron a retumbarme en los oídos mientras veía la sangre que había en mi cara, a penas podía abrir el ojo derecho, estaba horrorizada. Decidí no responder a la pregunta, lo cual, hizo que me llevara una bofetada - Te he hecho una pregunta, ¡responde!

- No... no creo que pueda arreglarlo con... con maquillaje - los cortes de mi cara me escocían pero ni siquiera podía aliviarlos, la bofetada tampoco me ayudó demasiado. Intentaba domarme, controlarme, hacerme suya... si no lo hacía, me mataría -.

- ¿Te arrepientes de algún hecho de tu pasado? - su voz fue algo más pausada, pero no sabía qué responder, supuse que la verdad era la clave de toda aquella historia, no sabía cómo podría reaccionar -.

- Bueno, emmm... Mucho alcohol, drogas, días sin aparecer por casa... - respondí jadeando, seguía costándome respirar y el dolor en mi cara no cesaba. No era mi historia, esperaba que mi mejor amiga no se enfadaba por haber compartido sus oscuros secretos, necesitaba ganar tiempo y aquel tipo no inspiraba demasiada confianza - De eso es de lo que me arrepiento.

- Qué curioso... ¿Y no te arrepientes de haber abandonado a un niño a la edad de veintidós años? - me preguntó, mirándome fijamente, buscando un solo ápice de remordimiento en cualquier parte de mi cuerpo - ¿Lo recuerdas?

- Sí, lo recuerdo - apreté los dientes, no quería volver a aquel momento de mi vida, fue difícil y no quería revivirlo. Tampoco tenía ni idea de cómo lo sabía - ¿Cómo lo has...?

- Soy yo quién hace las preguntas - su fiereza me creaba temor pero también una desconfianza fuera de serie, no soportaba a ese tío - ¡¿Te arrepientes?!

- Era lo que debía hacer... - susurré, era algo que siempre había creído y sabía que no podría haber hecho otra cosa por mucho que quisiera -.

- ¡Dame un motivo! - su rabia iba aumentando cada vez más, estaba descontrolado, totalmente ido, fuera de sí - Quiero oírlo de tus propios... ¡labios!

- No... no podía criarlo. Tan solo tenía veintidós años, no habría sido capaz - mis labios temblaban, no sabía cómo reaccionaría, ni siquiera entendía de dónde podría venir toda aquella rabia pero, estaba claro que la tenía acumulada desde hacía mucho tiempo - Dejé de culparme, incluso, dejé de pensar en ello, debí hacerlo y lo hice, quería que tuviera una vida mejor.

- ¿Una vida mejor era dejarle en un orfanato donde le maltrataban? ¿Una vida mejor era pasar por todas las casas de acogida habidas y por haber sin tener más opciones? ¿Una vida mejor era ser violado por uno de los padres de acogida? - mis ojos se abrieron de par en par, no podía creer lo que estaba oyendo - ¿Acaso le pusiste nombre? ¡¿Eeeh?!

Pude volver al pasado en tan solo una charla, colmada de gritos, tensión y rabia contenida que ni siquiera yo podía calmar, estaba repleto de altibajos. Tan solo había una razón por la que había sacado ese tema, por la que había llegado hasta aquel momento, incluso, la culpabilidad que sentí durante años, ahora tenía algo más de sentido. Sí que le puse un nombre a aquel niño que dejé en las puertas del mejor orfanato que encontré en toda la ciudad, se llamaba Kyle, ese nombre había permanecido disfrazado tras todas las experiencias de mi vida. Sus ojos eran castaño oscuro, era tan pequeño y maleable que no podía creer que se hubiera convertido en aquel psicópata que me tenía atada en aquella silla, al menos, esa sería la última cara que vería, la cara de mi hijo, era curioso cómo cambiaba la vida...

No me equivoqué en absoluto. Pensaba que se había ido, cuando noté algo frío en mi cuello. El cuchillo me cortó con lentitud, dándole el placer que necesitaba para seguir adelante, diciendo adiós a la que creía había arruinado su pasado y su presente, la que le había dejado en mejores manos, aunque ni siquiera me había dado la opción de explicarme. Me llevaba a trozos en una bolsa de basura, con toda la sangre que había salido de mí, con el montón de sensaciones que le había producido mi muerte, placenteras, llenas de sentimientos fríos y calculadores, había sido una pérdida superficial para él, tan solo era una etiqueta como cualquier otra que le hubiese puesto a otros. Al menos, había conocido a mi hijo...

Comentarios

  1. Respuestas
    1. Me alegro de que te haya gustado y, si te ha sorprendido, mejor que mejor, jeje.

      Muchas gracias por comentar :)

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