Miseria:




En cuanto crucé el salón, pude darme cuenta de lo que me estaba ocurriendo. Pude oír el silencio sepulcral que yacía allí, la soledad que podía olerse en el aire, hacía tanto que estaba así... Al principio, no podía entenderlo, estaba algo confuso con todo lo que ocurría en mi día a día, las reuniones, las citas insulsas con sexo duro y sin sentido aparente, las indecentes conversaciones con mis envidiosos compañeros de trabajo al saber con cuántas mujeres me había acostado. La última vez que tuve una relación seria con su boda incluida, terminé con un divorcio bajo el brazo y con varios años de psicología barata. Desde entonces, aquellas paredes se me caían encima, no había nadie a quién amar mirase donde mirase, ni siquiera alguien que estuviese a mi lado en los malos momentos o cuando estaba enfermo, nadie me traía una sopa calentita al sofá tratando de que mi gripazo desapareciese. 

La monotonía se cernía sobre mí tan intensamente que no podía evitarlo. Desayunaba, iba al trabajo, iba a un restaurante cerca para comer siempre en la misma mesa, volvía, llegaba a casa y lo único que cambiaba eran los canales de la televisión en una casa tan grande como silenciosa. A veces, hablaba solo como si estuviera loco pero no tenía a nadie más con quién hacerlo, incluso, trato de hacerlo delante del espejo para aliviar esa locura personal que empieza a sofocarme, para intentar ver que no estaba cayendo en un espiral interminable de oscuridad. Llega a ser absurdo pero, esperaba, al menos, que la caja de cereales dijera algo al respecto, que emitiera algún tipo de mueca, sonrisa, quizá un poco de apoyo visible en su falta de expresión.

Cuando salía por la puerta, parecía alguien totalmente diferente. Era el típico hombre triunfador al que le encanta su vida, alguien que ha conseguido que la última mujer a la que ha conseguido engañar se acueste con él, otra noche igual que la anterior. Todos parecen muy contentos al verme, jamás ven ninguna expresión triste o una queja, ni siquiera creerían que cada uno de mis días son una tortura y un colapso de soledad y miseria donde, incluso el aire, tiende a quebrarme. Al cruzar la puerta de mi oficina, me convierto en otra persona, los demás esperan un consejo, una orden para hacer su trabajo, un "¡ánimo, podemos hacerlo!" cuando, en mi cabeza, deseo no volver a casa para ver ese vacío existente que me vuelve loco.

En cuanto me di cuenta, empecé a verme a mí mismo justo a mi lado, era como un espejo que me miraba fijamente pero casi no hablaba, era como si tuviera miedo de expresarse. Empezamos a hablar, e incluso, me empezó a parecer simpático. Tenía planes para nosotros pero no creía que fuese buena idea, era mi único amigo y ni siquiera pensaba que pudiera ayudarme con mi día a día. Hasta que sus susurros fueron mi presente, hasta que empezaba a necesitarlos e incluso, reflexionaba de verdad aquellas palabras que tenían un final hiriente hasta creerlo.

- No sirves para nada, deberías darte cuenta de eso. Si te fueras, nadie te echaría de menos, ¡mira esta casa! - la señalaba con los brazos abiertos en pleno salón - ¡Está vacía! Piénsalo, colega.

- Bueno, tengo que trabajar y... eso es importante, me echarían en falta - le comenté tartamudeando, me costaba respirar presa del miedo -.

- Cualquier empleado odia a su jefe, además, ¿cuántas veces has salido con ellos a tomar algo? ¿Acaso sabes cuando salen? ¿Alguna vez te lo han dicho? - tenía aquella sonrisa maliciosa que empezaba a odiar pero, estaba creyendo que tenía razón -.

Había estado pensando durante días en lo deshechable que había sido durante todos esos años, lo fácil que había sido el ir a trabajar un día tras otro, pensando que le importaba a alguien cuando ni siquiera era capaz de mantener una relación seria con cualquier ser humano. Resultaba aterrador circundar por las calles o por el trabajo sin tener miedo, sin confiar, empezándome a sentir cansado de existir. A pesar de tener todo en la vida, no tenía nada en realidad, ni siquiera el dinero era un motivo por el que seguir vivo, por el que respirar el aire que todos tenemos a nuestro alrededor, deseando dejar de formar parte de este universo absurdo que tan poco me había apreciado.

- Puedes hacerlo, tan solo, coge el cuchillo - ya no había sonrisa alguna en su cara, ni una expresión de exaltación al haber aceptado que iba a pasar página - No tienes por qué sufrir de esta manera.

- Sí, emmm... Nadie debería sufrir esta soledad - mis ojos empezaban a empañarse debido a las lágrimas, sentía miedo pero, a la vez, algo de alivio. Puse la punta del cuchillo hacia mi estómago, iba a hacerlo sin miramientos, iba a liberar al mundo de la pesada carga de tenerme entre ellos - Nadie debe hacerlo... nadie...

- ¡Hazlo! - sus ojos estaban abiertos, expectantes, esperanzados de que lograra mi objetivo, mi final, como si estuviera loco de atar, exactamente como yo, por algo había empezado a ver a mi doble... -.

En cuanto clavé el cuchillo en mi estómago, me caí al suelo. Mi compañero de viaje hasta aquel momento, empezó a desaparecer poco a poco, al igual que su maliciosa sonrisa, aquella que me había acompañado durante aquellas semanas, tan palpitante, inesperado, comprensible y algo malévolo. Antes de que mis ojos se cerrasen por completo, comprendí que aquella persona la había inventado mi mente, era mi soledad la que hablaba, mi interior tan solo quería que me deshiciera de ella, me necesitaba muerto para conseguirlo. Mi mente me había traicionado una vez más, me había hecho sentir tan desgraciado como para convencerme de suicidarme en medio de mi preciosa cocina, tan detallada y con un estilo tan único... Ahora, nada de eso importaba, iba a tener la mayor y más larga siesta de toda mi vida, ni siquiera podía hacer nada por evitarlo y dudaba de que quisiera hacerlo.

Desaparecí del mundo, del universo como una hoja movida por el aire, me llevaba a otro lugar desconocido, incierto. Nadie me echaría en falta, debieron vender aquella casa que tanto me costó decorar y ahora seré un pasado que nadie recordará...

Comentarios

  1. Esto está ciertamente escrito desde una perspectiva única, Laura. No es todo el mundo cuya capacidad de asumir un personaje es tan versátil como este. ¡Un abrazo!

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    1. ¡Muchísimas gracias! Me costó bastante meterme en su cabeza y poder relatarlo pero, al fin y al cabo, creo que me ha quedado bastante bien.

      Gracias por comentar, como siempre. ¡Un abrazo!

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