Tras la Ventana:



Permanecía sentada en la cama mirando hacia la ventana, caían copos de nieve tan blancos como las luces de la calle. Llevaba así unas horas, no sabía qué hacer, simplemente, me sentía bien, me sentía segura al no saber qué podría depararme el día si no me movía de aquí, estaba dispuesta a renunciar a todo aquello que hubiera tras la ventana, no por odio hacia el prójimo, por miedo o por las constantes palabras de mi cabeza en referencia a todo lo que podía ver a mi alrededor, era extasiante. No siempre iba a ser así pero, hoy, era el más importante, el día en el que descubriría el camino hacia mis pensamientos más internos.

Hacía ya algún tiempo que no conversaba demasiado, cuando lo hacía, sonaba inexperta, tímida, e incluso, ridícula. Tras la ventana nunca sabes qué encontrarás, quién será el siguiente que te dirigirá una mirada salvaje como si fueras el apetito de alguien, como si fueses un juguete sexual más en su sucia mente. No tenía idea de lo que podría suponer quedarme aquí sentada, esperando que los demás siguieran sus vidas, manteniéndome a la espera de la nada, de un susurro compasivo, de un cariño invisible, tratando de alejar mis recuerdos más genuinos. Mi mente quería impedir que volviera a mí todo aquello, me mantenía en la rutina más banal, en las miradas furtivas en el trabajo, en la calle o en la biblioteca de la ciudad, daba lugar a imágenes rápidas de mi cuerpo bailando al son de la música, desconectando del mundo en sí, olvidando del por qué la vida suele ser tan cruel, fugaz, inexplicable...

Los copos caían como mis lágrimas al recordar los últimos días, los rechazos constantes hacia mi persona, las críticas sin fundamento, las etiquetas absurdas... No había demasiado que encontrar en los demás, ni siquiera tenía un ápice de curiosidad, tan solo tenían odio en su mirada, una maldad incomprendida pero que siempre permanecerá en cada una de sus relaciones porque son demasiado normales para entender algo diferente en un universo desigual. El color rojizo de mi ventana cerrada era intenso, solía evadirme de mis momentos tensos, de las palabras sofocantes, de los inviernos fríos, desconectaba de un mar de insultos, de faltas de respeto y del necesitar huir de una conversación al darme cuenta de las burlas disimuladas.

Gritaba para mis adentros, contemplaba mi día a día tratando de encontrar un por qué a las actuaciones de los demás, un por qué a sus miradas, a sus risas, a sus burlas faltas de razón. Los silbidos constantes de hombres babeantes resultan incómodos, las ganas de vomitar son fervientes en momentos así, incontrolables para mí, nunca puedo estar en la calle más de cinco horas seguidas, termina siendo una tortura tras otra con montones de pensamientos cruzando mi cabeza, fugaces y homicidas. Por eso, no pasaba nada al esperar tras la ventana, no ocurría nada si tan solo veía la nieve caer y convencerme a mí misma de la seguridad que había en aquella habitación de un color beig claro de cuatro paredes con varios cuadros, un escritorio con un portátil encima y varias velas para tratar de relajarme. Este era mi pequeño lugar seguro, en el que los momentos eran míos, donde nada era compartido y todo formaba parte de un ser infinito.

Pensaba en aquello que perdí, en lo que fue mío y dejó de existir, en la cantidad de palabras inútiles que mi boca llegó a expulsar por personas con las que no valía la pena discutir. Recuerdos que estarán en mi subconsciente el resto de mis días sin probabilidad de borrar, tan solo aceptándolos como propios y pasados para dejar de volverme loca por algo que ocurrió y no dejó de ser. Quizá creí en las personas demasiado rápido, quizá les di demasiadas confianzas, quizá tuve que ser alguien solitario cuyas andanzas fueran invisibles, cuyas miradas fueran cómplices de una muerte segura y con unos labios que pudiesen cortar cada palabra hablada y escrita. Siguiendo el camino hasta aquí, con pies de plomo y firmeza, viviendo un sueño, creyendo en mis palabras, en una sola mirada, en un solo sentir, en una pequeña sonrisa tras la ventana, tras el fulgor de unas mejillas que no dejaban de completarme al verlas reflejadas en ella, un conglomerado de sentimientos que nos pertenecían, que nos hacían ser uno, que nos mimaban...

Creyendo en mí misma, confiando en cada paso dado, con la mirada al frente, observando un bonito presente. La autoestima, es un buen aliado, la confianza en ti misma una buena forma de rehacer tu vida y cicatrizar tus heridas, completar un corazón algo manchado de tristeza y observando nuevas sonrisas cada día. La complejidad está donde quieres verla, la simpleza es tu aliada, nunca es fácil o difícil, simplemente, es... Mirando a través de la ventana puedo decir que no hay luz sin oscuridad, muerte sin vida, pobreza sin riqueza... una mirada sin otra que responda. Tras la ventana, pude ver la energía que necesitaba para dar otro paso, para salir y verme al otro lado, dejar de quejarme y seguir con un nuevo día, dejar las lágrimas y comprender que no estaría aquí si no respirara...

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