Culpa:



La culpa dejaba entrever mi debilidad, las lágrimas protagonizaban cada capítulo de mi vida y era esclavo constante de mis palabras día tras día. Quizá, derrochaba ambiciones, pero el vacío que sentía en mi interior era mucho más grande y hondo que mi motivación por seguir adelante con mis metas, de despertar y dar gracias por lo que me rodea en cada instante si soy incapaz de creerlo. Mis brazos languidecían cada vez que me levantaba de la cama, intentando darle la vuelta a un pensamiento que no me dejaba libre y tratando que cada voz en mi cabeza acallara a la siguiente pero, era casi imposible, me volvía loco conforme pasaban las horas.

No era nadie con ella, ahora mucho menos sin ella, no supe apreciar cada momento en la que la tuve en brazos y la vida trató de arrancarla de mí, de mis maltrechos sueños de conseguir lo que me propusiera para ella, pero estaba seguro que eran instantes que disfrutaríamos juntos. Todas nuestras fotos plagaban el salón de estar, evitaba desayunar o comer en él porque me resultaba tremendamente difícil mirarla en todos y cada uno de los marcos, fueron momentos felices, minúsculos tiempos que ya han dejado de existir y que no volverán a mí de ninguna forma.

Cada mañana, mientras me preparo mi café solo y miró a través de la ventana que tengo justo en frente, noto su respiración en la nuca, un susurro leve pero contundente en mis oídos, su voz atravesando mi psique, teniéndome preso entre la locura misma. Lo único que he conseguido desde el momento en que supe que había muerto, ha sido que mi superior me ordenara una retirada permanente hasta que estuviera al cien por cien psicológicamente, digamos que me encuentro en baja médica indefinida como profesor de balística en una de las bases militares más conocidas del país. He de decir que me sentí frustrado al saber la decisión de mi superior tras tanto trabajo común, tras tantas batallas ganadas y confianza mutua, me sentí decepcionado conmigo mismo, incapaz de volver a mis orígenes o a acatar una orden adecuadamente, su voz me perseguía incluso allí. Según el psicólogo que me ha acompañado en cada altibajo de mi vida en la base, me comunicó que mi estrés postraumático después de su muerte fue demasiado fuerte, que estaba oyendo cosas que en realidad no eran reales y podrían nublar mi juicio en un momento crucial.

Entrenar ayuda, incluso cobrar una baja indefinida por estar medio loco de la cabeza, lo que no apoya el momento es la soledad de aquella casa rural que compré por ella, veía su ilusión en los ojos verdes, en su sonrisa blanquecina, le asombraba aquel lugar por las vistas, la increíble naturaleza que nos rodeaba y la paz que se podía sentir en el ambiente, pero ahora, se nota demasiado tranquilo, el silencio me atrapa entre sus paredes. Incluso, el sonido de mis zapatos sobre la madera me irrita, no puedo comprender la complejidad de mi situación, siempre he sido una persona fuerte, incapaz de derrumbarse en una situación compleja, con un expediente militar intachable, adaptando mis formas de decidir o actuar al momento presente, ¿por qué ahora me sentía tan débil ante esta situación? ¿Por qué no podía tan solo refugiarme en el trabajo como había hecho en infinitas situaciones?

Al mirarme al espejo, tan solo veía a un hombre perdido, con la mirada fija en un montón de recuerdos. Mi cabello negro rapado al uno me definía, fue una costumbre después de cumplir diez años ejerciendo como militar; mis ojos verdes ahora permanecían desilusionados ante la vida aunque fijos en volver a mi trabajo cuanto antes, era lo único bueno que me quedaba alrededor; mis labios finos se mantenían sellados, era incapaz de sonreír después de Lara; mi excelente forma física provenía del duro ejercicio de cada día y la experiencia obtenida en la base pero, aún así, me sentía cansado. Miraba los antidepresivos por el rabillo del ojo pero después de un mes del incidente no me animaba a probarlos, yo era mucho más que eso, podía controlar mi mente, lo había hecho antes.

Lo más difícil que me resultaba era cerrar los ojos, tener siempre el mismo sueño desde aquel momento en el que entré en casa y vi su sangre en el suelo del salón, mientras sus pequeñas manos permanecían inertes en el suelo, al igual que el resto de su cuerpo, asesinada por uno de los psicópatas más buscados hasta la fecha, alguien invisible, incontenible a cometer atrocidades, actuando por impulso y sin piedad, aunque la víctima sea la hija de seis años de un renombrado militar. Veía una y otra vez sus ojos abiertos, la mirada perdida, con su vestido azul de princesa plagado de sangre y sin un rastro de aquel engendro venido del mismísimo infierno. Todavía no había encontrado un solo motivo por el que fuera capaz de cometer tal atrocidad, ni siquiera recuerdo ninguna persona a la que haya conocido que tuviera algún tipo de rencor hacia mí y, mucho menos, hacia ella, ¿qué le había hecho una niña? No dormía más de tres horas diarias, me resultaba muy complicado permanecer en la cama con los ojos cerrados, no podía ver su cabello negro y corto hasta los hombros tendido en el suelo con sangre proveniente de su cabeza, sus ojos verdes sin vida, sus labios finos con una falsa sonrisa y su pequeño cuerpo desolado en medio del salón de la casa que ambos elegimos.

Desde que me levantaba por la mañana, tan solo tenía una idea en mente, una sola motivación o idea que llevar a cabo, un solo pensamiento para terminar con mi agonía, sabía exactamente cómo terminar con mi sufrimiento. Sabía que sería complejo que investigase su asesinato desde un lugar remoto, sin ayuda y sin demasiadas opciones, tan solo disponía del arma que mantenía en mi casa como protección personal, algo que me sobraba. No descansaría hasta mirar a través de los ojos de ese cabrón, después de saber cuál ha sido su motivo para echar por la borda la vida de una niña inocente, vería su estúpida sonrisa y su persona en total plenitud para intentar interpretar su mente, su falta de conciencia y sus decisiones incontroladas. No cerraría los ojos hasta haberle metido una bala en la sien a ese tipo, sin haber encontrado una conexión con sus actos y tras haber hecho justicia a mi hija. La culpa sigue absorbiéndome, la ansiedad me engloba y la congoja me supedita, incrementando en cualquier momento, al pensar que no debí dejarla sola sabiendo su edad... ¿encontraría la luz al final del túnel?


Comentarios

  1. Realmente la culpa es un sentimiento terrible, no me extraña que el protagonista esté al borde de sus fuerzas. Al parecer tiene planes de venganza y, aunque no es el propósito más loable del mundo, tal vez si lo logra pueda alcanzar un poco de paz...

    Buen relato, Laura. Nos vas desvelando los detalles muy poco a poco hasta conocer la historia completa. ¡Muy ameno!

    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por tu comentario, me alegro de que te haya gustado y se haya hecho ameno, la verdad es que quería mantener un poco la intriga hasta el final para que se lea el relato completo, un truco viejo jeje.

      El protagonista tan solo tiene una motivación al abrir los ojos, no le interesa ninguna otra cosa, siente que está loco y que su mundo se ha venido, literalmente, abajo.

      Un saludo.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Aparición:

Sin Palabras:

TAG: Preguntas para Escritores