Un Adiós:



Hacía mucho tiempo que no podía mediar palabra, ni siquiera podía llorar. Tenía unas sensaciones tan incómodas que no sabría cómo explicar, aunque, como dicen los psicólogos, todo va pasando con el tiempo. Sigo de la misma forma desde que te desvaneciste de mi lado como una corriente de aire, fue hace un año pero cada día parece que fuera ayer, es como si todo se hubiese parado y mi cuerpo no sabe cómo reaccionar ante tal situación. No suelo esperar invitados en mi habitación porque se supone que ahora vivo sola, pero entró mi madre para darme un ultimátum en cuanto a mi actitud silenciosa. Como es evidente, no tengo nada que decir, no sé qué palabras utilizar, ni siquiera cómo debería sentirme en aquel momento, aparte de vacía y desolada como cada mañana al abrir los ojos.

- Tienes que mirar hacia adelante, no te aferres a lo que no puede volver - dijo mi madre, con aquella voz tan suave y apaciguadora, una afirmación muy difícil de conseguir en la realidad - ¡Deja de tener esta actitud tan egoísta, no solo estás tú en el mundo!

La miré fijamente, no sabría si decir con unos ojos de llenos de rabia al pensar que no entendía nada de lo que estaba sucediendo de verdad, aunque muy en el fondo, sabía que tan solo quería cabrearme para que volviera en sí. Evité a mi padrastro y golpeé a mi hermanastra contra el marco de la puerta dejándola inconsciente, le quité su cazadora que sabía que era más caliente que la mía y salí disparada de aquella casa que ni siquiera yo conocía para adentrarme en la lluvia que empezaba a ser la protagonista en las calles. Siendo de noche, no había ni un alma, nadie estaba dispuesto a salir a esas horas y mucho menos cuando estaba lloviendo, pero a mí no me importaba lo más mínimo, tan solo quería llegar al tren y dirigirme a un lugar al que temía por todos los poros de mi piel, tenía que ir para despedirme de ti como no pude hacerlo en tu funeral.

Después de un trayecto de dos horas de tren recordando todos nuestros buenos momentos juntos, me dirigí a la estación de autobuses más cercana que sabía que pararía en el cementerio. No dejaba de darle vueltas al hecho de que todos tenemos una fecha de caducidad y que no podías ser tú, desde que ocurrió, he querido cambiarme por ti muchas veces, no tienes idea de cuántas para que pudieras tener más cosas de las que teníamos, aprender mucho más de los demás, que pudieras estar unido a alguien que no hubiera llegado unos minutos más tarde a nuestra cena especial por no haber llegado a coger el autobús a tiempo y haberte encontrado muerto en la bañera, para que pudieras sentir a alguien que no te dejase demasiado tiempo solo, algo que no pude cumplir esa tarde, pero como es evidente, no fue así.

- Fiel marido y padre... - susurré en voz alta, no podía seguir leyendo la lápida que escribieron faltando yo por no poder enfrentarme al hecho de que habías muerto, ni siquiera en tu funeral fui capaz de ser adulta - Lo siento mucho...

No dejaba de llorar, arrodillada en la tierra justo donde te enterraron hacía un año, justo donde no quedaría nada de ti, ni siquiera un simple esqueleto, totalmente comido por los gusanos. Has desaparecido y esa es mi carga hasta que muera... Después de estar unos veinte minutos mirando la tumba, decidí que no podía seguir allí, totalmente mojada y llorando como una descosida, podría darme una pulmonía con el frío que hacía. Volví a casa y entré en mi cuarto a toda prisa, dejé de llorar pero mi madre insistía en que sacara toda la pena y remordimiento que había en mí, así que, abrió la puerta poco a poco después de asegurarse de que la dejaba pasar y se sentó a mi lado para abrazarme con fuerza. Ni siquiera podía mover los brazos para devolverle el abrazo, pero ella no desistía; aunque lo que me dejó más perpleja, fue el hecho de que, al salir de la habitación traspasó la puerta.

- ¿Pero qué...? - se despidió con la mano y desapareció, dejándome sola en aquel lugar tan falto de ti - ¿También te has ido? - le pregunté a mi madre que ya no podía responderme -.

En el espejo del tocador, pude ver que empezaba a envejecer poco a poco. Mi cabello castaño, se volvía blanco; mi cara se llenaba de arrugas, al igual que mis manos, mis piernas... era como una plaga que me acechaba en aquel preciso instante. Empecé a comprender que realmente, te perdí cuando fuimos lo suficientemente mayores como para ayudarnos a subir las escaleras, reírnos jugando al ajedrez en alguna que otra residencia de ancianos o yendo de vez en cuando a algún casino para ver si teníamos algo de suerte. Te fuiste con ochenta años, siempre tuve diez menos que tú y sabíamos que algo así podía ocurrir, aunque podría haber ocurrido alrevés de igual forma; decidí volver a ti de la única manera que podía y era acudiendo al suicidio budista, aquel que se realiza mediante la meditación bajando el ritmo cardíaco hasta que el corazón deja de latir. Eso mismo hice, consiguiendo el resultado esperado, viéndote por fin al final del túnel, dejando atrás a dos mellizas de treinta años que tú y yo convertimos en mujeres al lado de mi cuerpo inerte, llorando la muerte de su madre. Ya sabes que siempre han estado preparadas para seguir adelante solas, sin nosotros, creo que desde que abrieron los ojos, desde sus primeras palabras o desde su primer abrazo, siempre han sido así de auténticas.

He vuelto a ti con toda plenitud, he conseguido mi mayor deseo, dejando tras de mí aquello que tanto me atormentaba. Pensaba que podía soportar el hecho de que no estabas con nosotras, que ya no me ayudabas a tender la ropa o me cocinabas con toda la ilusión que te embriagaba siempre que preparabas algo nuevo, pero jamás pude hacerlo aunque me mintiera a mí misma viendo a mi madre consolar a alguien que ya se había perdido y que era demasiado mayor para dejar pasar un momento tan único como aquel para desaparecer. Después de esto, uniendo mi mano a la tuya y pudiendo ver el infinito ante nosotros, me he vuelto a sentir más querida que nunca como cuando empezamos a vivir juntos, ¿recuerdas?

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