Silencio Ensordecedor:



Ambos éramos como extraños, casualmente nos mirábamos en silencio, a penas levantábamos la mirada de nuestra frustración interna. Quería volver a oír tu voz aunque fuera apagada y desentendida, esa tan dulce y paciente que aún recordaba, a veces incluso, inquieta pero sabía que no podía, los gritos empezarían a poseernos y no habría forma de entrar en razón, cada uno buscaría la suya propia, como par de orgullosos que somos, ¿verdad?

El silencio ensordecedor en una casa demasiado grande para dos, prevalece más que cualquier cosa, con pequeños detalles que ahora ni siquiera importan y con paredes pintadas de decepción y un mar de quizás. Tratando de permanecer impasible ante unos ojos acusadores, que me juzgan sin verme, encontrándome en cualquier rincón de mis sucesivos insomnios, presa de la desesperación y emoción de comprobar que te mecerás en la oscuridad, en el resultado de tus lágrimas, en encontrar un momento de paz para ambos.

Sabemos que estamos conectados, que no podríamos vivir uno sin el otro, es un círculo vicioso del que no podemos salir vivos y tú bien lo sabes. Por eso seguimos en el mismo lugar, sin apartarnos de esta angustiosa situación, sabiendo que no vamos a cambiar las cosas, circundando en los mismos pensamientos derrotadores, de completa confusión, considerando tus labios un tóxico para mi corazón roto y tu mirada resumida en una angustiosa pérdida, como una vida que pesa. 

Quizá los sentimientos no han desaparecido del todo, quizá el seguirte hasta el restaurante al que habías quedado con tu nueva cita, no había sido tan buena idea, dado que, empezaban a reflotar recuerdos de ese momento tan tímido que compartimos en nuestra primera cita, esa sonrisa perfecta que florecía de tus labios carnosos pintados en carmín y esos ojos de completa dulzura que me hacían sentirme querido. No entendía por qué después de dos años de completa ignorancia y silencio en cuanto a nuestra convivencia y relación, podía notar una electricidad correr por todo mi cuerpo al verte con otra persona, con el chico nuevo al que le habías echado el guante, después de los otros tres que no te convencieron demasiado, no es que hubiera escuchado tus conversaciones, sino que, sabía perfectamente lo que te gustaba y por la cara que traías durante esas noches, no debió haber sido de tu agrado.

Reías. Era una buena noticia, ¿verdad? ¿Otra persona te estaba haciendo feliz? Mientras yo me cernía en la completa esperanza de que algún día pudiéramos compartir algo más que silencio, que angustia de mirar al otro entre retazos de miedo o irritarnos por el simple hecho de abrir la boca demasiado. Esperaba que todo pasara, pero estabas con otra persona, con esas carcajadas que siempre identificaba que eras tú, pensando que quizá, no tenía que entrometerme más en tus relaciones, que tan solo debería mantenerme al margen de las circunstancias, e incluso, de ti. Me di cuenta de algo y es que ya no podíamos seguir de aquella manera, aferrándonos el uno al otro sin poder despegarnos, debíamos rehacer nuestras vidas por separado, estaba clarísimo.

No pude dormir, así que, decidí empezar a hacer las maletas para irme lo antes posible al piso de soltero que hacía unos años había alquilado a unos estudiantes, la diferencia es que ahora estaría habitado por su dueño, como tenía que ser, el que limpiaba la mierda de críos malcriados que tan solo querían huir de sus padres y hacer lo que les diera la gana. Entonces, apareciste detrás de mí, llegabas de tu cita totalmente estupefacta al verme con una maleta en cada mano. Las dejé en el suelo y tan solo nos miramos, estabas a punto de derrumbarte, no esperabas ni por un segundo esa reacción, esperabas estar conmigo siempre, pero no querías darte cuenta de que nuestra situación nos hacía pedazos, querías cerrar los ojos ante la verdad que se cernía sobre ambos. De repente, el silencio dejó de escucharse, para dar lugar a esa voz que pensé que nunca más volvería a oír de tus labios...

- ¿Dónde vas? - estabas algo confusa y temerosa, tanto que tus labios no podían dejar de moverse -.

- Al piso que tenía alquilado, los chicos se han ido, así que, viviré ahí - mi voz sonó tan tranquila que hasta a mí me sorprendió, de hecho, hacía tiempo que no la había escuchado tan clara hasta ahora -.

- ¿Y por qué no...? - te encogiste de hombros por completo, por un lado, querías que me quedara y por otro lado, te respondías a ti misma. Agachaste la mirada, así que, fui hacia donde permanecías de pie y levanté la barbilla hasta que tus ojos miraron los míos -.

- No podemos seguir así, lo sabes - a penas respondí con un susurro, mientras las lágrimas recorrían tus mejillas con tanta intensidad que pensaba que no pararías - Fíjate, acabas de venir de una cita con el tercer tío esta semana, a la vez que nuestra relación sigue en la inopia, una relación de la que ni siquiera hemos hablado y cortado mucho menos, seguimos viviendo bajo el mismo techo y ni siquiera mediamos palabra, ¿crees que eso es bueno para alguno de los dos?

- Podríamos hablarlo ahora... - respondiste, en voz aún más baja que la mía, acostumbrados a que el silencio nos eclipsara por completo. Señalaste el sofá con una mano, pero rehusé esa opción negando con la cabeza, no había nada más que hacer -.

- No puedo, lo siento - te di un beso en la frente y, sin decir una sola palabra, me dirigí a la puerta y me fui sin mirar atrás, no sabía hasta qué punto aquello había sido algo bueno, pero lo descubriría dos días más tarde -.

Durante todo el trayecto al piso que me esperaba a unas diez manzanas de donde vivíamos juntos, la congoja no dejaba de perseguirme y una especie de preocupación que parecía salirme por todos los poros de mi piel, ¿estarías bien? No podía seguir preguntándome eso pero no podía dejar de darle vueltas, siempre habías sido una chica muy inestable y no sabía si podrías aguantar otra decepción de alguien querido, ni siquiera sabía si serías capaz de sobrellevar esta ruptura tan impactante, ya que, no te esperabas nada de lo que había ocurrido.

Decidí levantarme un poco más tarde de lo normal, recordando la cantidad de fiestas que habíamos montado en este estudio tan acoplado a las necesidades de cualquier estudiante o soltero, siempre nos lo pasábamos bien. Pensé llamar a los chicos dos horas después, así podríamos tomarnos una cerveza y empezar a dedicarle tiempo a mis sesiones de fotografía, esas que me mandaban cada día a mi estudio cerca del centro. Pero una noticia realmente triste nubló mi mente, captó mi atención por completo y, en ese preciso instante, pude responder a por qué estaba tan preocupado por ti, por qué esa fuerte intuición afloró en mí nada más salir de la casa que compartíamos.

- ¡Oh, dios mío! - dejé la televisión encendida y me dirigí a tu casa con toda la rapidez de la que fui capaz, sudando tremendamente y elevándome cada vez más el ritmo cardíaco, estaba muy asustado -.

En cuanto llegué, estabas envuelta en una bolsa de cadáveres de lo más impoluta. Estaba estupefacto, no podía pasar, así que, logré preguntarle al policía que había cercano a mí qué había ocurrido. Comprobó mis datos y, después de un largo rato de espera impaciente, decidió responderme:

- Siento mucho su perdida, señor Aroa - asentí con la cabeza y con el corazón en un puño, estaba demasiado tenso como para dar las gracias por algo que ni siquiera me llenaba - Un vecino vino a por unas cajas que le había dejado a Lidya, al ver que no podía entrar llamó repetidamente pero, al no obtener respuesta, se preocupó y entró por la puerta de atrás, encontrándola en el suelo del baño. Hay que esperar a las pruebas del forense, pero lo más probable es que hubiera ingerido un número mortal de pastillas. Cuando llegamos ya había fallecido y no pudimos hacer nada para reanimarla, lo siento.

Se me calló el mundo a los pies. La policía me dejó entre tus cosas, me dieron un montón de instrucciones absurdas que ni siquiera me importaron y dejé atrás la calle para adentrarme en la penumbra en la que había estado sumida nuestra casa hacía un par de años. El silencio volvía a estar presente y el remordimiento de no haberte escuchado creció por momentos, para ti había sido imperativo que habláramos de nuestra relación después de tanto tiempo, que rompiéramos esos malentendidos, pero no quise echarte una mano, aunque siempre hubieras sido el pilar de mi vida.

Me quedé allí sentado durante lo que me parecieron días, totalmente estupefacto, desesperado por intentar comprender cómo había destruído la vida de una persona a la que siempre había querido en tan solo una noche de no estar a su lado. Sabía de tu fragilidad interna, de tu enorme sensibilidad, de esas lágrimas que no podías mantener acalladas mucho tiempo y de ese anhelo porque volviéramos a estar juntos. Ahora volvía a gobernar un silencio que jamás se volvería risa, paredes que ni siquiera te miran como lo hacía ella y fotos que traían recuerdos de un amor olvidado, de un paso más a un amor correspondido y que no se supo gestionar. Te había fallado, incluso a la palabra, el orgullo había permanecido en su gloria y tu muerte se había pronunciado para ensimismarme en este sentimiento desesperante de continuo silencio ensordecedor, compuesto por mentiras y pensamientos que no llevan a ninguna parte. Ahora alejados, seguíamos sin poder vivir el uno sin el otro, podíamos tomarnos de la mano en otro lugar lejano, en un momento hecho para nosotros pero éste no lo era, tan solo podía respirar fracaso, frustración y un montón de sentimientos que colapsarían mi espíritu como una ráfaga de viento que podía corromper cualquier alma llena de dicha...

Comentarios

Entradas populares de este blog

Escritor Decepcionado:

TAG Series:

Aparición: