Palabras al Viento:



Tus ojos verdes se posaron en una pequeña tienda de mascotas, creías que así desaparecería tu soledad, reemplazando el vacío que sientes a diario, algo que no has podido rellenar con nada hasta ahora. Has estado buscando la forma de escapar de la verdad que está ante ti, esa que te desgarra por dentro y te pide que seas honesto y dejes de correr hacia un futuro infeliz e incierto y empieces una nueva vida, donde el pasado quede atrás y el presente sea lo único que importe, pero tú jamás has funcionado así, ¿verdad?

Fui tras de ti durante horas, no podía tocarte o hablarte, estabas tan absorto en tu dolor que no encontraba la manera de permanecer a tu lado. Era muy doloroso no poder llegar a ti, ver cómo pasabas tus días solitarios alejado del mundo y con un montón de papeles encima de tu mesa, repletos de palabras que pasaban por tu mente sin cesar, palabras que no podían ser acalladas en tu interior. Tu vida estaba sumida en un tumulto de insomnios, vivías entre un mar de tristeza y todavía no habías encontrado la respuesta a tus innumerables preguntas. Tus labios finos permanecían prietos, mostrando esa frustración que tanto te costaba transmitir, esa impotencia que sobresalía por todos los poros de tu piel sin siquiera quererlo; tu cuerpo esbelto estaba preso en una mente descontrolada y falta de imaginación, si la tuvieras, ya habrías reparado en mí.

Me senté a tu lado en el sofá y te susurré algo al oído, algo que pensaba que era importante para los dos, pero no te moviste ni un ápice, ni siquiera reparaste en mi presencia. Mis palabras habían dejado de tener la mínima importancia, me sentía impotente por no poder cambiar nuestro presente, dado que, aunque estuviéramos en la misma habitación, parecía que una distancia abismal separara nuestros cuerpos como nunca antes lo había sentido. El viento se había llevado lo que quedó de nuestra unión, de nuestra completa conexión y nadie más podía recuperarla nada más que tú, pero ni siquiera te esforzabas en creerlo profundamente. 

Durante semanas, intenté hablar contigo, que mis palabras llegaran a ti pero había una barrera que nos separaba, o al menos, eso creía yo. Llegó el día en el que conseguiste sorprenderme una vez más, no podía creerlo:

- ¿Maira? - me mirabas embobado, no sabías si sonreír o llorar, pero me veías - ¿Qué...? ¿Cómo...?

- Espera, ¿puedes verme? - pregunté alucinada a esa cara de soslayo que tenía justo delante de mis narices - No sé cómo ha pasado... el otro día no me oías.

No pude decir una palabra más, ya te habías abalazado sobre mí y tu abrazo colapsó mi mente. Hacía mucho tiempo que me había sentido sola, desesperada por encontrar la forma de que alguien pudiera oírme, atrapada entre paredes que no podía tumbar, era una sensación que no sabría explicar con exactitud. Que pudieras verme, tocarme y sentirme contigo fue una muy buena señal de que lo que había deseado con todas mis fuerzas, había tomado forma.

- ¿Cómo has...? - no podías terminar las frases porque te parecía una completa locura - No puedes estar aquí, en teoría, no podría tocarte...

- No sé, quizá ha sido el deseo de volver el que me ha traído hasta aquí o quizá has sido tú - sonreí, teníamos que pensar en el presente, en esa ignorancia que nos embaucaba en ese mismo momento sin tener idea de si podría quedarme más tiempo -.

- Te echaba de menos, no he podido dormir en semanas - me cogiste de la mano para que me sentara a tu lado, era algo que había querido hacer desde que mi mundo se torció por completo sin poder si quiera evitarlo -.

- Lo sé - asentí con la cabeza, algo que hizo que abrieras los ojos como platos al no entender cómo podía saber algo así sin estar presente -.

- ¿Cómo puedes saberlo? - era descabellado, pero todavía ibas a impresionarte más, me lo olía a kilómetros, siempre habías sido muy sensible -.

- Llevo semanas intentando hablar contigo, he intentado gritar, balancearte e incluso, ponerte la zancadilla para que te dieras cuenta de que estaba aquí pero... no podías oírme, así que, desistí y me dediqué a estar a tu lado sin decir una palabra - tus labios finos pudieron transpasar esa enorme barrera que nos había alejado durante tanto tiempo y se posaron sobre los míos de una forma tan tierna que no podría decirte lo mucho que lo había echado de menos -.

Las horas que prosiguieron fueron exactamente como me las había imaginado si conseguía que me escucharas, me llevaste al callejón donde nos conocimos. Llevaba soñando con aquello durante meses, había conseguido tu localización y cómo llegar a ti pero no sabía cómo utilizar el colgante que robé para poder volver, un cuarzo blanco que era capaz de llevarte donde quisieras. Ese colgante había pertenecido durante mucho tiempo a unas brujas llamadas Turunnen, lo conseguí cuando pude cruzar el Puente de la Vida, aquel que me prohibieron cruzar los Señores de Luz, querían que simplemente dejara atrás toda mi existencia, mi vida misma para complacerlos con un alma más.

El colgante que llevaba en el cuello empezó a brillar, te diste cuenta de que había algo distinto en mí y me miraste fijamente, sabías que algo iba mal, incluso yo me lo imaginaba. Alguien apareció detrás de nosotros en el callejón donde nos encontrábamos, alguien que esperaba que no me hubiera seguido entre los mundos de la muerte, pero lo hizo. Era Trent.

- ¿A qué has venido? - le espeté, mientras tú seguías mirándonos a ambos como si hubiéramos salido de un psiquiátrico. Te mantuve detrás de mí para que Trent no intentara hacerte daño - Pensé que...

- Has robado el colgante - me miró con condescendencia, con aquellos ojos negros y penetrantes, aquella media sonrisa que sobresalía de unos labios gruesos y un cuerpo entrenado para la batalla - Sabes que no puedo dejar que te lo quedes y mucho menos, que estés en un mundo que no te corresponde.

- ¿De qué narices está hablando, Maira? - preguntaste, estabas entrando en la histeria dado el miedo que sentías por cada poro de tu piel -.

- Tenía que venir, no podía simplemente dejarle - mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas, no podía controlar todo aquel desastre y, lo que más me dolía era que tenía razón, no podía robar el colgante y volver a vivir en la Tierra como si el accidente de coche que tuve un año atrás no hubiese existido - No quiero volver.

- Tienes que hacerlo, tu alma ya no pertenece aquí. Si permaneces, provocarás un colapso entre los mundos que unen todo el Universo, ya lo sabes - asentí, más afectada de lo que podría explicar - Debes volver conmigo, el mundo de Luz está colapsando.

- Pero... no puedo... - me giré de repente y vi tus ojos de absoluto pánico. Comprendí que lo que había hecho había sido una acción impulsiva de la que no podía hacer que olvidaras, así que, puse mis manos en tus mejillas - Siento mucho todo ésto, pero no puedo quedarme. Te quiero - saqué la nota que tenía en el bolsillo y que me costó tanto tiempo escribir y te la di con toda la información de lo que me había ocurrido desde que fallecí en aquel accidente de coche que tú mismo presenciaste -.

- Iré contigo, no tengo nada aquí - dijiste, inocentemente. Te acallé con un beso y, en cuanto abriste los ojos, ya había desaparecido -.

Mi actuación fue errónea, por mi culpa volverías a tus andares solitarios, a tus insomnios incontrolados y desearás que vuelva como nunca antes hubieras pensado en esa posibilidad que parecía tan remota. El cuarzo blanco ha vuelto a pertenecer a las brujas, ahora el lugar con más seguridad de todo el Universo, jamás podría acceder a él aunque quisiera, no tenía permitido volver. Los Seres de Luz se enfadaron conmigo, tenían motivos para ello, pero también entendieron que desvanecía por volver a ti, saben que el amor sigue siendo el sentimiento más profundo que lleva al ser humano a hacer locuras de todo tipo.

Las palabras se las lleva el viento, las miradas siguen en mi memoria, tus besos acariciados por una ternura incapaz de olvidar vuelven a mi mente cada día y esos ojos me miran a través de mi corazón. No volveríamos a vernos, a tocarnos, ni siquiera a mediar ni una palabra en la distancia, se desvanecería en el aire y el mensaje no sería enviado a su destinatario por mucho que lo deseara, un habla prohibida y un cautiverio a lo largo de la muerte, era como agonizar en vida. Totalmente acallada por un mar de frustración, encuentro inolvidable el respirar de las flores, el amor a través del monte y los sentimientos que siempre estarán en mi corazón y me harán recordarte a cada paso a distancia que dé, siempre serás la palabra al viento...


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