Adicta:



Cada vez que abría los ojos me embriagaba la nostalgia, en aquellos momentos no entendía de dónde provenía o por qué, pero más tarde empecé a averiguarlo. En mi pasado siempre fui tratada como un despojo, dado que, mis padres me abandonaron con tan solo unos meses de edad y me crié con unos padres adoptivos que me maltrataban constantemente, personas que no las paraba nadie y que tan solo querían hacer daño. Esas circunstancias me hicieron volverme cada vez más introvertida, no quería hablar con nadie, me tapaba los moratones que tenía en los ojos o la cara con torpeza porque algunos profesores no podían evitar preguntar de dónde venían aquellas marcas tan pronunciadas.

El momento que más disfruto es cuando el líquido que necesito para vivir cada día está en mis venas después de haber cruzado toda la jeringuilla hasta hacerme cerrar los ojos de placer. Todo mi alrededor flota, las sombras dejan de perseguirme y controlarme, la calma embriaga mi mente y mis labios se abren algo entornados disfrutando de aquel momento único. Me quedaba horas en aquel piso de mala muerte donde había todo tipo de drogadictos, había días que me acostaba en una de las camas que utilizaban para llevar a alguna prostituta y me quedaba totalmente colocada en una de ellas hasta despertar al día siguiente, en el cual, me desesperaba por conseguir un chute.

- ¿Dónde has estado? - preguntó Ronny, mi padre adoptivo. Estaban en la mesa desayunando cuando llegué de la calle, con la ropa algo desgarrada y todavía con el efecto de la heroína. Eran los únicos momentos en los que me sentía completamente libre y segura -.

- Por ahí - cerré la puerta y me dirigí a mi cuarto sin decir ni una palabra más a aquellos que no podían dejar las manos quietas un segundo cuando se enfadaban por alguna gilipollez -.

Me miré al espejo y lo que vi no era algo que quisiera observar ni un minuto más, a decir verdad, tenía un aspecto horrible. La pintura de mis ojos castaños estaba totalmente corrida, algo que no me importaba demasiado; a ésto, se le unieron los mismos caídos y sin expresión alguna, ni siquiera de tristeza o calma al haber llegado a casa a salvo después de pasar la noche en los barrios más bajos de Nueva York, no, nada de eso importaba. Mis labios finos permanecían inmóviles, no tenían un solo atisbo de ilusión por esbozar ningún tipo de sonrisa, siempre terminaban en el mismo lugar y nada les hacía volver a sonreír como antaño, justo como lo hacía cuando era niña. Mis cabellos negruzcos con algunas mechas rubias que aún albergaba, estaban enmarañados, algo que me hizo responderme a la pregunta de por qué me habían mirado aquellos dos extraños en la cocina de esa manera, como si fuera un mono de feria, ahora tenía la respuesta. Mi cuerpo cansado no tenía más remedio que querer echarse en la cama para dejar de pensar, de recordar o darse cuenta de que la realidad era peor que permanecer viajando de un mundo a otro sin moverme del sitio.

El resto de la mañana permanecí en la cama y durante la tarde fui acompañada por música para hacerla más llevadera, no podría volver al piso donde aquella gente consumía droga hasta que no consiguiera dinero, el cual, sabía exactamente dónde estaba, tan solo tenía que esperar a que mis falsos padres salieran de su casa para aprovechar y robarlo, no me importaba lo más mínimo la futura bronca que vendría más tarde. Empezaron a temblarme las manos y la ansiedad fue aumentando, conforme fui cumpliendo las veinticuatro horas sin consumir, era realmente duro, así que, para hacer que parara esa tortura me dirigí a la habitación de los que me criaron durante unos años alimentándome de palizas y rabia, cogí la caja que tenían guardada debajo de la cama y saqué ciento cincuenta dólares en efectivo, sin pensarlo dos veces. 

- ¿Se puede saber qué estás haciendo, Jassie? - aquella mujer con su larga melena rubia de bote, me estaba mirando fijamente, me había pillado con las manos en la masa -.

- Buscaba algo que se me había caído, pensaba que estaba aquí - como era de esperar, me agarró del cuello de la camiseta sacándome de allí, dejándome en el suelo tirada, justo delante de el que impartía mis castigos con una correa o tan solo con sus sucias manos -.

- Estaba sacando dinero de nuestros ahorros - le dijo, con un placer en las palabras indescriptible, estaba disfrutando de aquel momento tan fatídico para mí -.

La situación que se produjo algo más tarde preferiría no recordarla, pero he de decir que me rompió un par de costillas y tenía varios cortes en la cara, moratones por los brazos y no dejaba de temblar, a parte de por el mono, por el miedo que me embaucaba aquel tipo con el que tenía que convivir todos los días. Salí de aquel lugar a duras penas, tenía otro al que ir pero no tenía dinero, tan solo había podido quedarme cinco dólares después de la paliza y de haber podido salir viva de allí, desgraciadamente. Me fui directa al puente más cercano que encontré, casi a toda prisa porque no quería hacer otra cosa que caerme al vacío y no volver a abrir los ojos, lo tenía claro, las cosas no podían mejorar, los problemas no podían simplemente desaparecer sin más, la vida no funciona así, es mucho más complicada que eso y no podía conseguirse algo tan fácilmente.

- ¿Está bien? - alguien me había puesto una mano en el hombro, interesándose por mi estado de ánimo, como se puede entender, dado que, mis lágrimas corrían por mis mejillas tan rápido que parecía que tuvieran una meta -.

- ¿Ha visto mi cara? ¿Usted cómo cree que estoy? - mi frustración no podía mostrarse de otra manera, no entendía por qué mi vida estaba patas arriba y no podía hacer nada para cambiarlo -.

- Lo siento, tan solo quería saber si...

- Lo sé, discúlpeme - al mirar hacia arriba, pude ver cómo aquella mirada de preocupación era sincera, aquellos labios algo gruesos intentaban permanecer estáticos esperando mi respuesta y su cuerpo esbelto seguía cercano a mí debido a mis temblores -.

Su casa era preciosa y me dejé llevar, realmente no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo. Aquel joven me empezó a dar todo con lo que había soñado, desde ropa bonita que no tenía nada que ver conmigo hasta un trabajo digno, pero todo tenía un precio, ¿verdad? No tenía que volver a consumir absolutamente nada de heroína, ni siquiera un porro de vez en cuando, a veces, he pensado que me lo pedía a propósito para hacerme sufrir pero era totalmente en serio. Me tenía un gran aprecio y terminamos haciendo grandes migas, empezamos a ser inseparables, e incluso, cruzamos algún beso impulsivo que otro, algo que hacía que los silencios incómodos fueran capaces de perdurar más tiempo y tratar de hacer como si ese momento no hubiese existido.

Pude aguantar dos años que se puede decir que es un milagro, pero una noche después de volver del trabajo me encontré a una de las chicas que iban conmigo a los barrios bajos de Nueva York, llevaba algunas pastillas y varias jeringuillas. La intenté apartar de mi lado pero no hacía más que incitarme, tenía sus ojos abiertos de par en par, el nervio cruzaba cada parte de su ser con intensidad y no dejaba de mover su cuerpo con cierta inestabilidad. En aquel momento, anhelé totalmente los efectos que me provocaba la droga, empezaba a tener un mono de lo más profundo y penetrante, algo que estaba siendo incapaz de soportar, intenté aferrarme a la idea de que Make quería ayudarme y que estuviese limpia pero nada de eso tuvo importancia cuando volví a sentir ese placer correr por todo mi cuerpo, notando cómo me liberaba de la tensión y el agotamiento, cómo la otra realidad volvía a mí rápidamente, esa que tanto había echado de menos.

- ¿Estás colocada? - me preguntó Make, nada más llegué a casa. Creo que era evidente, pero necesitaba preguntarlo, se preocupaba demasiado por mí, a veces, era agotador -.

- Y a ti qué te importa - le repliqué, echándome en el sofá totalmente espatarrada sin preocupaciones de ningún tipo, sintiéndome bien conmigo misma -.

- Me importa - me dijo, tajantemente. Estaba ofendido, se sentía traicionado, como era evidente y, supongo que estarían pasando un montón de ideas de qué hacer conmigo a partir de ahora - Qué ha pasado, cuéntame.

- Una antigua amiga, cosas que pasan... - en aquellos momentos tan solo quería relajarme pero no dejaba de insistir, así que, mi miedo más aterrador era que me quitara aquello que había recuperado. Tuve que actuar en consecuencia - Puedo controlarlo, deja tus sermones para otro día.

- ¿Ningún sermón? ¡Sabes qué puede provocarte ésto, llevamos dos años intentando que te pongas mejor, recuperándote! - se levantó del sofá para gritarme. En esos momentos dejé de pensar, de hecho, todo pasó tan rápido como el cuchillo que le clavé en el estómago, aquel que estaba encima de la mesita al lado de sus tostadas y su manzanilla de cada noche -.

- Cállate - le espeté, de una forma más bien pasota, volviéndome a echar en el sofá y quedándome totalmente dormida -.

Terminé durmiendo con el cadáver de quién fue mi salvador durante dos años justo al lado del sofá. Está claro que dormí francamente bien, lo que no pude creer es que Make estuviese muerto, no podría expresar el sentimiento de culpabilidad presente en aquellos momentos. No preguntéis qué hice con su cuerpo porque no podría confirmaros exactamente dónde está, dado que contacté con alguien que conocí en los barrios bajos e hizo el trabajo sucio por mí, sin dejar ningún rastro. Me pude quedar en aquel excelente piso que compartí con el hombre que más me cuidó, dos meses más porque a penas pude pagar los gastos que acarreaba. Finalmente, me echaron de allí.

Por supuesto, terminé viviendo en la calle. Las sombras seguían persiguiéndome, la tristeza me embriagaba como cada noche la heroína, la música era lo único que me hacía volver a la realidad misma sin que fuera un asco y la droga me hacía volar hacia unos momentos en los que prefería estar. Hasta el último chute de mi vida, no paré de andar conforme pasaban los días para llegar a encontrar una meta que, ni en mi mente existía pero seguía persiguiéndola para tener esperanza por algo, para sentir que aún formaba parte del mundo, aunque nada de eso fuera cierto y me había abandonado a mí misma por completo y sin remordimiento alguno.


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