Voz:



De repente, abrí los ojos de par en par, asustada y con unas ganas increíbles de respirar. Me encontré con el hecho de que no podía, nada de mi alrededor estaba acorde con lo que deseaba en esos momentos, no podía creer que fuera a morir justo en ese preciso instante, en aquel lugar completamente sola y solitaria. Tuve la necesidad de pensar en todas aquellas personas que dejaría atrás, con un anhelo que no había apreciado anteriormente, con unas ganas de vivir que eran intocables y con un deseo ferviente de volver a la superficie para respirar verdadero oxígeno. 

El primero que apareció en la tórrida neblina de mi mente, fue mi hermano de cinco años. Era tan inteligente que hasta me dejaba sorprendida, era como una esponja y todo lo que le contabas lo absorbía como si tal cosa, le gustaba todo tipo de música y bailaba conmigo constantemente, a parte de su curiosidad por todo lo que le rodeaba. La siguiente persona en la que pensé fue en mi abuela, una mujer que había pasado todos aquellos momentos de guerra y desesperación, aquella mujer que siempre me había querido como a su propia hija y que le encantaba que le leyera todos aquellos libros que le encantaban y que pretendía que la hicieran sentir mejor en cuanto a los sentimientos que puede tener alguien al ir haciéndose cada vez más mayor. Después prosiguió mi futuro marido, con el cual, me había comprometido y me estaría buscando desesperadamente, era la única persona por la que valdría la pena salir de este lugar infernal en el que me encontraba. En resumen, había muchas personas que me importaban fuera de este sitio, así que, finalmente llegó el motivo por el cual estaba metida en todo aquel embrollo del que me ahogaba y no podía salir.

Es complicado explicar los por qués de muchas de las cosas que nos llevan a tomar decisiones difíciles, pero se cruzan momentos en nuestras vidas en los que deseamos ser verdaderamente libres, queremos sentirnos así y que te lo arrebaten no es el mejor modo de hacerlo. Necesitaba algo por lo que seguir progresando, por lo que alzar la voz y decir "soy libre" pero nada de eso ocurrió, nada de lo que yo esperaba para mi vida se plantó delante de mí y me vi inmersa en un mar de deseos no cumplidos por parte de mi padre, el cual, no podía concebir el hecho de que fuera yo misma, de que me relacionara con un músico y que me hubiera pedido que me casase con él siendo que llevaba unas cadenas, unas pulseras y unos pendientes que le horrizaban y ni qué decir de su melena. Me acuerdo perfectamente de la conversación que tuvimos:

- ¿Como que te vas a casar? - sus ojos estaban abiertos de par en par y no esperaba que fuera a hacerlo con treinta años de edad, esperaba que fuera con otra persona y al ser mucho más mayor. Siempre con sus planes absurdos - ¿Con ese tío que trajiste el otro día a cenar? Por favor...

- Sí, justo con él - le respondí, con voz suave y templada - Tan solo venía a comunicártelo, estás invitado a... - el sobre anaranjado con la invitación a la boda salió volando hasta acabar al otro lado de la habitación, debido al manotazo que le dio por la rabia descontrolada que estaba teniendo en aquel preciso instante -.

- ¡No puedo creer que seas tan ingenua! Deberías tener más claros tus objetivos en la vida y casarte con ese tipo de gentuza no es lo correcto, ¿qué pensará la familia, eh? ¿Qué les digo a aquellos que...?

- Tan solo venía a decírtelo - le dije, mucho más seria que en un principio - Adiós.

A partir de ese momento, me largué pero no estaba de acuerdo con nada de ello. Se le ocurrió ir a casa de mi prometido para decirle que era un don nadie, jactándose incluso de cada palabra que pronunciaba en su contra. Me pareció descabellado y en la situación en la que me encuentro ahora, incluso ridículo. Al recordar todo aquello, se me volvió a cortar la respiración, seguía medio consciente, sabiendo que era un momento muy duro para mí y que mi cuerpo estaba haciendo realmente un esfuerzo para seguir viviendo. No tenía ni idea de qué pasaba al otro lado pero estaba segura de que no auguraba nada bueno, sabiendo que dejaría todo lo que conocía atrás, que mi compromiso sería una utopía como cualquier otra cosa que hubiera deseado, como cualquier otro momento feliz que hubiera tenido a su lado, como si alguien hubiera querido que yo estuviera ahogándome en un lugar repleto de tanta agua que era incapaz de identificar el sitio exacto en el que me encontraba, parecía más bien un estanque.

De repente, alguien me saco de aquel pozo sin fondo y mis pulmones lo agradecieron en gran medida, dado que, parecía que no aguantaban más repletos de agua estancada. Medio abrí los ojos y vi los de Gregor clavados en mí increíblemente preocupado por si los cerraba y no volvía a abrirlos más, así que, me llevó en brazos hasta su coche y me llevó al hospital. No dejaba de mirarme, moverme la cara de un lado a otro para ver si reaccionaba pero estaba demasiado agobiada como para responder, lo primero era poder respirar. Pude mover la cabeza para mirarle, sus ojos iban de un lado a otro con ese nervio que tan poco le caracterizaba y sus labios apretados debido a esa preocupación que crecía a tan grandes rasgos en su interior, estaba a punto de explotar. Lo único que recuerdo es que después de unos días, desperté en el hospital, con tan solo él cogiéndome la mano.

- ¿Cómo estás? - se acercó a mi rápidamente para darme un beso en la frente -.

- Algo... mareada - me toqué la cabeza en señal de desaprobación, me sentía verdaderamente extraña - ¿Qué ha ocurrido?

- Te saqué de un estanque en el que caíste hace unas horas - empecé a entender por qué me encontraba en aquel lugar, ahora con los ojos más relajados y no de completa sorpresa - Los médicos han dicho que te pondrás bien, así que, vendrás conmigo a casa.

- ¿Contigo...? Pero mi padre... - me puso un dedo en la boca para indicarme que callara de una forma tierna y suave. Me quedé mirándole atónita, no sé qué era lo que quería que hiciera -.

- Te vendrás conmigo, no hay más que hablar - el beso no duró más de tres segundos pero fueron los más intensos que había tenido durante aquellas horas tan sofocantes en el estanque -.

Durante los días que prosiguieron me estuve preguntando qué era lo que me había llevado a caer en una fosa de agua tan profunda y con peligro de no salir viva. Cuando empecé a encontrar el sentido a mis pensamientos descontrolados en un mar de recuerdos, conseguí darme cuenta de que las personas como yo no podemos vivir encarceladas por mucho que nos quieran domar, por mucho que quieran hacernos como ellos, acoplarnos a sus ideales o a los absurdos objetivos que ellos no consiguieron anteriormente. Nadie puede ser prisionero en un lugar que ni siquiera siente que pueda llamarlo "hogar", ni siquiera le pueden decir lo que debe hacer o con quién compartir su vida; podrá criticar, patalear, insultar, incluso meterse donde quiera, pero jamás cambiará lo que siente esa persona en su interior. 

Eso es lo que ocurrió en el estanque, fui prisionera de un dictador y me ahogué en mis propias lágrimas al ver que no podía ser libre, al ver que no podía salir de aquel embrollo, hasta que alguien consiguió sacarme de tanta mierda, simplemente con amarme me ha bastado, con abrir los ojos y verle a mi lado he tenido lo que siempre he querido y con sentir sus labios sobre los míos, siento que mis problemas y mi pasado se va sanando, terminando poco a poco y quedándose atrás como nunca lo había conseguido antes. El estanque fue otro de los muchos pasos que las personas que hemos vivido prisioneras pasamos, un momento de espera constante, desesperación, e incluso, un ahogamiento imposible de entender para otros pero que lo vives tanto que crees que no vas a poder salir en mucho tiempo, hasta que consigue sacarte de tu infierno personal para seguir uno nuevo, empezando a ser uno mismo y alzando la voz para que todo el mundo la oiga.

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