Luces Apagadas:




Todos los colores vistosos, las sonrisas, los ojos de complacencia, los momentos de gozo y celebridad, aquellas caras joviales y aquellas miradas furtivas que podía ver, se apagaron como tenues luces encendidas desde hacía muchos años, todo se volvió oscuro y no había forma alguna de volver a verlo exactamente como lo era antes. Echaba de menos apreciar la nitidez de los colores y el sabor de las texturas, anhelaba de verdad volver a ver con mis propios ojos todo aquello que veía anteriormente, necesitaba hacerlo, pero varios oculistas me dijeron que era imposible, a partir de ahora era totalmente ciego, andando por la calle con mi pastor alemán sintiéndome completamente inútil, sin importar cuál es mi físico.

Desde hacía tiempo que no conseguía trabajo por mi problema de ceguera, era algo que chocaba con los estándares normales de un trabajador, era una de las cosas por las que me sentía excluido de la sociedad con una prestación de tan solo dos cientos euros al mes por discapacidad. Recordaba aquellos momentos en los que salía a pasear y lo veía todo con claridad a mi alrededor, podía sentir las texturas en cada parte de mi piel, ver a los niños sonreír y a mi hija llorar de alegría cada vez que veía cómo su hija de un año aprendía una palabra nueva; ahora, nada de eso es posible. Vivir así supone un sacrificio increíble, acabas dependiendo de los demás aunque yo continuo intentando ser independiente, me gusta que mi perro me lleve a los lugares donde antaño solía ir sin ayuda, pero nada es lo mismo, parece que todo mi alrededor se desvanece.

Una mañana como cualquier otra, cernido en la máxima oscuridad que mis ojos podían ofrecerme, me encontraba sentado en un banco, supongo que sería un parque debido al intenso olor a flores, debido a la frescura del aire y el calor del sol en mi cara, Craig me había llevado al sitio perfecto, era el que cuidaba de mí y le estaba gratamente agradecido. Me di cuenta de que, a parte de mi respiración, podía oler otra a mi lado, era como un aliento palpable que no podía ver pero sí sentir, alguien que estaba sentado/a y que parecía disfrutar de la misma forma que yo de aquella mañana supuestamente soleada.

- Las mañanas son preciosas aquí, ¿verdad? - era una mujer indudablemente, debido a su fina voz y a aquel aire soñador con el que hablaba -.

- Sí, eso parece - conseguí decir, después de estar unos siete días sin hablar, totalmente solo en mi casa sin saber qué hacer o qué decir, con la única compañía de mi perro Craig -.

- El sol es intenso, las hojas se tambalean por el suave aire que ahora susurra, las flores tienen colores amarillos intensos, rosas rojas están a nuestro alrededor y los pájaros cantan en la cima de los árboles - parecía que estaba relatándome todo aquello porque habría notado que era ciego, era de agradecer que otra persona pensara de esa forma tan altruista por mí, era admirable - Viene aquí cada mañana, ¿verdad?

- Le agradezco su compañía y agradezco su descripción - le respondí a aquella mujer sin rostro, a aquella preciosa voz, intentando adivinar cuántos años tendría o qué era exactamente lo que pretendía - Mi perro sabe exactamente dónde traerme, es muy listo.

- Parece que tiene buen gusto, es admirable que un perro haga estas cosas por ti - me dijo aquella voz tan soñadora e inspiradora -.

Me contó una variedad de historias fantásticas, su nombre era Asia, precioso y con un toque increíblemente original para una mujer, siempre lo había pensado. Me fascinaban aquellas especialidades saliendo de su boca como aire fresco, me gustaba su forma de relatar aquellos maravillosos momentos que pasó en Egipto, en Florencia, en Japón... no me cansaba de escucharla, estuvimos hablando de aquellos viajes durante horas, sin parar. Había sido una mañana entretenida, pero tuvo que irse porque tenía que hacer la comida; de algún modo sabía que me sentía solo, sabía que la compañía sería primordial en mi vida y que aquellas historias podrían hacer volar mi imaginación a los lugares que ella misma describía con tanto detalle y pasión.

El silencio me abrumó al llegar a casa, pero por supuesto, no podía estar de mal humor, había conocido a Asia y había tenido el placer de escuchar sus historias, así que, durante la tarde, podría seguir pensando en ello. Craig me llevó hasta el sofá con cuidado, me ayudaba muchísimo y sabía exactamente cuándo necesitaba ayuda, era increíble. Mi hija Darlene hacía una semana que no venía a visitarme, quizá estaba ocupada con la niña o quizá no quería ocuparse de un viejo ciego, amargado y solo; desde que me ocurrió ésto sin previo aviso, la confianza y la seguridad en mí mismo desaparecieron, como una fugaz ráfaga de aire, sabiendo muy dentro de mí que las cosas no iban a cambiar, como bien decía el médico. El hecho de no tener a nadie a mi alrededor con quién contar o con quien hablar, no me ayudaba en nada, ya que, hacía que mis días con este problema se fueran haciendo cada vez más difíciles, pero a nadie parecía importarle, nadie tenía ni idea de cómo podría estar sintiéndome yo en estos duros momentos de mi vida. 

Al día siguiente, Craig me llevó de paseo por aquellas calles que olían a promesas, por aquellos lares que yo siempre creí que estaban vacíos aunque estuvieran repletos de gente conversando, caminando o parejas besándose, era una ciudad vacía como otra cualquiera, llena de materialismo y con falta de fe en uno mismo, con personas patéticas o vidas tristes, pensando en qué harían de comer al mediodía. No pensaba oír a aquella joven nunca más, no esperaba su voz cerca de mí, ya que, pensé que la visita del día anterior había sido una casualidad que había asomado en mi vida desde hacía algún tiempo, parecía estar más que equivocado.

- Pareces contrariado esta mañana - oí aquella misma voz, aquella que el día anterior me había maravillado y que me había contado cosas increíbles. De repente, fui capaz de sonreír -.

- No esperaba oír tus historias otra vez - le respondí, sinceramente. Ya no me sentía solo en esas mañanas, al principio, solitarias -.

- No seas tan negativo, no todo en la vida es como nosotros queremos pero cabe imaginar - respondió con suavidad y con el mismo aire soñador que el día anterior. Era una joven que tenía un tal amor incondicional a la vida que no podía explicarse con palabras, tenía fuertes esperanzas en todo lo que la rodeaba y creía concienzudamente en las cosas que podían conseguir las personas -.

- Yo quisiera muchas cosas, pero no por eso van a ocurrir - señalé, haciendo especial hincapié en mi ceguera, sin comentarlo en voz baja. Al parecer, Asia se dio cuenta de ello -.

- Te gustaría volver a ver con esos preciosos ojos castaños que tanto escondes con lágrimas por todo lo que te ha ocurrido hace poco, de verdad que lo entiendo, pero no puedes vivir siempre encerrado dentro de ti, tienes que salir y volver a ser la misma persona libre que conseguiste ser antes de ésto, todos podemos superar nuestros sufrimientos - respondió, acariciando mi espalda a modo de apoyo, de sinceridad compartida, de amor incondicional. No tenía ninguna pena por mí, tan solo me comprendía y justamente eso era lo que necesitaba en estos momentos -.

- Preciosas palabras... - le dije, esbozando una agradable sonrisa, aquella que no lograba que saliera de mis adentros desde hacía algún tiempo - Admiro tu forma de creer en las cosas, es increíble.

Compartió un delicioso café para llevar conmigo, ya que, hacía unos minutos había pasado a comprarlo antes de venir al parque, pensó en mí y decidió comprarlo también, pero no quería que le diera el dinero que le había costado, decía que ya le estaba pagando tan solo hablando con ella, era tan dulce como la crema que ese café con leche llevaba. Conforme pasaban los días, aquello se fue convirtiendo en un ritual, reíamos, hablábamos de los lugares que nos gustaría visitar y parecía que todas las preocupaciones que invadían mi mente desaparecían, me dio esperanzas de que me podía llegar a acostumbrar a estar en este estado, con ayuda de mi perro, pero que podía conseguir estar cada día mejor, más motivado y siempre decía que soñar era la mejor maravilla que existía; algunas veces compartíamos comidas exquisitas en su casa o cualquier otro restaurante al que fuéramos, me enamoraba su forma de hablar, su manera de imaginar y soñar en cosas maravillosas y su forma de ver a través de mí, sabía cosas que ni mi hija conseguiría saber nunca. Todo ésto, sin saber en absoluto cómo era físicamente, tan solo me enamoró su forma de pensar, jamás me había ocurrido, ni si quiera con mi ex mujer con la que estuve unos diez años.

Durante un año compartimos tantas cosas que sería casi imposible explicarlas en unos minutos, nos dijimos tantas cosas maravillosas y tantos susurros al oído, tantos besos suaves y prohibidos, tantos "te quiero" y tantas caricias que no cabría explicarlo con palabras, era algo tan grande que no cabía en mi pecho, era algo más especial que la propia vida. Me empecé a preocupar cuando una mañana no apareció, era extraño que no hubiera venido para hablar sin avisarme, habíamos intercambiado nuestros números unos meses antes y parecía que todo iba bien entre nosotros, así que, no sabía qué podría haber ocurrido. Los días empezaron a convertirse en semanas y ella seguía sin aparecer, estaba realmente preocupado porque tampoco contestaba ni al teléfono ni al timbre de su casa, era realmente extraño, ¿qué podría haber ocurrido?

Cuando me di cuenta, ya había pasado un mes, largo, costoso de llevar y bastante preocupante, porque seguía sin saber nada de Asia. Empecé a pensar que, quizá se hubiera ido de viaje con urgencia y que no pudo avisarme con anterioridad, empecé a creer que quizá había vuelto a compartir su vida con aquel ex marido del que tanto se quejaba y habían hecho las paces, pero aquel miércoles por la mañana, alguien se sentó a mi lado, alguien con una respiración algo entrecortada y parecía que estuviese algo incómodo. No esperaba aquello que fuera a decirme, no esperaba que su voz fuera a ser tan intensa y fugaz, que sus palabras fueran tan dolorosas y sorprendentes a la vez, no podía creer que todo hubiese cambiado tanto...

- ¿Es usted el señor Gerard, verdad? Me dijeron que estaría sentado en este banco - carraspeó. Yo seguía intrigado, no sabía quién era aquel joven o qué quería, estaba gratamente sorprendido de que alguien que no fuese Asia o mi hija Darlene supieran quién era yo, y menos un desconocido, ¿cómo sabía mi nombre? -.

- Soy Gerard, ¿quién lo pregunta?

- Soy Óscar, hijo de Asia - realmente me impactó su respuesta, ¿qué hacía su hijo hablando conmigo? Aunque Asia me había hablado tanto de él que también era un placer conocerle - Me pidió hace alrededor de un mes que viniera a hablar con usted, que estaría sentado justo en este banco y que tendría al perro a su lado, no hay nadie más con su descripción por aquí, así que, pensé que era usted. Conocía a mi madre, ¿verdad?

- Encantado de conocerte por fin, Óscar - le dije primeramente, para comenzar con buen pie, no sabía qué hacía allí pero todo parecía cargado de seriedad - Conocí a tu madre sí, nos veíamos en este mismo banco cada mañana desde hace alrededor de un año.

- Siento decirle de corazón que mi madre murió hace un mes, tenía cáncer desde hacía varios años y además era ciega desde que nació - todo lo que ocurrió en mi mente en ese momento fue como una patada en las costillas, ¿Asia era ciega? ¿Cómo podía describir todo aquello tan hermoso si era ciega? Dios mío... estaba muerta - Lo siento mucho, señor Gerard.

- Yo también lo siento, era una mujer increíblemente soñadora y positiva, me contaba cosas maravillosas cada mañana - le respondí con una sonrisa de resignación - No entiendo cómo sabía todas aquellas cosas si ella...

- Bueno, mi padre solía viajar mucho debido a su trabajo, así que, él le contaba con todo detalle todas las cosas que veía para que mi madre pudiese imaginarlo aunque fuera, sabía lo que era la palabra "amarillo" pero no conocía su color verdadero viéndolo con sus propios ojos, por ejemplo. Me dijo que las mañanas que pasaba aquí con usted eran magníficas, así que, me pidió que viniera a decírselo en persona cuando le llegara la hora, siento haber tardado tanto en hacerlo.

- No importa, supongo que también ha sido duro para ti. Durante este mes he estado verdaderamente preocupado por ella, la verdad, pero no pensé que... - se me quebró la voz, aquello era tan duro que me quedaba sin respiración, las lágrimas caían de mis ojos como una cascada, no pude evitarlo - Lo siento mucho.

- No se preocupe, entiendo cómo se siente - respondió, dándome un cálido abrazo que deseaba que no se acabara nunca, deseaba que durara para siempre - Mi madre me dijo que compartió muchos momentos con usted y que es un hombre francamente increíble, con un gran sentido del humor y que está un poco solo, así que, he pensado que voy a ayudarle en todo lo que necesite, voy a cuidar de usted.

- Oh, no no. No podría pedirte algo así, creo que deberías volar libremente hacia donde te depare tu destino, yo no podría retenerte en el mío, sería una pérdida de tiempo - respondí a aquella clara convicción que había expresado anteriormente -.

- No me está reteniendo, de verdad quiero hacerlo. Hizo a mi madre muy feliz durante su último año de vida, consiguió que sonriera y que consiguiera maravillarse con cada palabra que pronunciaba... creo que se lo debo, déjeme hacerlo, por favor.

Acepté después de aquella sinceridad que expresaban sus palabras, de aquella sencillez en la voz, de aquella convicción tan profunda y aquella forma de elegir las palabras con aquel detalle, aquella dulzura y con su forma de abrazarme. La muerte de Asia fue un duro golpe para ambos, de hecho, no sabía exactamente cómo volver a vivir desde este principio tan fatídico pero supongo que su hijo era la clave de todo, éste se empeñaba en cuidarme, en que le contara todas mis batallitas de cuando era joven, que compartiera con él todas mis inquietudes... sin querer, fue aquel hijo que nunca tuve y, verdaderamente, hacía mucho más de lo que hacía mi hija, a la que, poco le importaba cómo me sentía yo.

Gracias a Óscar, las cosas en mi casa fueron prosperando y yendo a mejor, ya que, éste limpiaba, hacía la comida, estaba cerca de mí por si necesitaba cualquier cosa y le encantaba leerme antes de que me fuera a la cama, de hecho, se mudó a vivir en mi casa y la decoró a su gusto para no separarse de mí y para que si yo necesitara algo, pudiera dármelo más fácilmente y sin tener que trasladarse a posta desde su casa. La muerte de su madre fue realmente dura para él, contaba aquellas cosas que aprendió de ella, compartía conmigo muchas de sus experiencias e incluso, fuimos de viaje un par de veces para que pudiera sentir el calor del Caribe y el frío de Edimburgo; era como tener un pedacito de su madre conmigo, de conservar aquello que aprendí de ella, era como ver aquella esperanza lejana de la que Asia me hablaba continuamente, era como verla justo delante de mí, explicándome aquellas maravillas y aquella suavidad en las texturas. Óscar empezó a ser una parte realmente importante de mi vida, empezó a ser clave para el progreso en mi alrededor y yo empecé a ser su maestro en problemas de mujeres o en problemas para dormir, parecía que sabíamos ayudarnos mutuamente.

Hay algo que nunca olvidaré de Asia, su voz, su sabiduría y el que no hace falta ver para saber cómo es la persona con la que compartes tu vida, tan solo tienes que sentirla, tienes que compartir cada parte de ti con ella, tienes que saber que siempre estará ahí para ti, que la esperanza puede abrirse paso entre la oscuridad para hacerte ver que las cosas no son tan difíciles como parecen y que, las lágrimas pueden brotar a través de tus ojos, pero que también pueden sanar. Que Asia fuera ciega y que, a pesar de todo ello, lograra contarme todo aquello con total precisión fue lo que más me sorprendió de ella, aprendí que las personas podemos mejorar por muchas dificultades que tengamos, por muy pobres que seamos o muy pocas expectativas que tengamos; me enseñó que ser ciego no era el centro de mi vida, sino que, había cosas más importantes, que había de dejar de lamentarse por uno mismo y disfrutar de las cosas maravillosas que te proporcionaba la vida y que no hacía falta tener vista para ver a través de las palabras de las personas, algo realmente admirable. Jamás olvidaré sus dulces palabras, ni sus intensos y cálidos abrazos, ni sus continuas esperanzas en la humanidad, ni en su forma de reírse cuando bromeábamos y, por nada del mundo, olvidaré todo aquello tan valioso que me enseñó: "No debes rendirte nunca".
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Comentarios

  1. Saludos Laura, es la primera vez que te leo, pero ha sido una grata sorpresa. Es una historia bonita, con esa revelación sobre la ceguera de ella que admito que no esperaba. Es interesante el aprendizaje de vida que hace el protagonista a lo largo de la historia, sobretodo gracias a haberla conocido. Y está bien esa relación casi familiar que acaba teniendo con el hijo de ella. Efectivamente, no hay que rendirse.

    ¡Un abrazo!

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    1. Me alegro de que te haya gustado, sabía que el toque de que fuera ciega no se lo esperaría nadie. Intentaba transmitir que ambos tienen una visión de la vida muy diferente pero que lo que prevalece es el hecho de que, por muchas cosas que ocurran, jamás hay que rendirse.

      ¡Gracias por el comentario!

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    2. Me alegro de que te haya gustado, sabía que el toque de que fuera ciega no se lo esperaría nadie. Intentaba transmitir que ambos tienen una visión de la vida muy diferente pero que lo que prevalece es el hecho de que, por muchas cosas que ocurran, jamás hay que rendirse.

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