Viviendo el Pasado:





Me encontraba mirando por la ventana, observando aquella tormenta que no cesaba, mientras pensaba en que mi matrimonio también estaba en periodo torrencial. Al principio, Agatha y yo siempre sentimos que formábamos parte el uno del otro, pasábamos muchísimo tiempo juntos y no dejábamos de pensar en todos aquellos viajes emocionantes que más tarde hicimos y que transcurrieron en momentos de felicidad, aquellos que ahora tanto echo de menos... a veces, me pregunto: ¿qué habrá pasado? Ahora intentamos pasar desapercibidos en una casa repleta de un energizante silencio, viviendo entre la incomodidad de nuestros cuerpos y temiendo pasar demasiado tiempo en la misma habitación; ésto es como caminar descalzo por una alfombra llena de pinchos y que mientras te sangran los pies, tienes que continuar.

La cocinera interrumpió mis pensamientos abriendo la puerta de mi despacho, intentando no ser una molestia, que no lo era, simplemente estaba abstraído. Tenemos una cocinera porque Agatha llegó un momento que se cansó de cocinar, me dijo que no se sentía con ganas suficientes de hacer cualquier cosa, así que, quería que encontrara una cocinera que hiciera ésto y limpiara de vez en cuando, mi mujer parecía estar demasiado cansada para estas cosas y yo tampoco es que me desenvolviera demasiado en ellas. Cuando empezó a ocurrir ésto en mi matrimonio, hará unos diez o quince años, fue como algo muy decepcionante para mí, ya que, lo di todo por esta relación y lo di todo por ella, por el buen equipo que formábamos, de hecho, éramos inseparables; todo ese distanciamiento me hizo ser alguien más solitario, más abstraído, rechazado por mi mujer cuando he querido tener algún momento de intimidad con ella e incluso, algún tipo de conversación, me he vuelto más retraído y ya he dejado de compartir mis sentimientos con Agatha de lo que me provoca esta relación ya sin sentido.

Algunos os preguntaréis por qué no me he divorciado de ella. Pues bien, la respuesta es sencilla: me siento realmente anclado a Agatha; es como si toda tu vida estuviera atada a algo más grande que tú y ello fuera lo que te mantuviese cuerdo, con los pies en la tierra y totalmente concentrado en todo lo que hicieras. Lo pensé hace unos años y, cuando estaba dispuesto a ello, mi mujer perdió a su hermana, la cual, murió de cáncer de pulmón, obviamente olvidé lo de divorciarme y me quedé con ella para que no se sintiera sola en esos momentos de necesidad. Ahora me siento vacío, quizá busco una forma de salir de esta maldita jaula que me encierra en mí mismo, quizá estar con Agatha es lo que me atrapa o quizá es ese sentimiento de soledad que me invade... como si viviera solo en esta casa en la que parece que se me van a caer las paredes encima de un momento a otro. Tenía que aventurarme a hablar con ella largo y tendido sobre la situación, no podía simplemente seguir así sin rechistar otros quince años más, necesito vivir, mantener aquella ilusión que me hacía abrir los ojos y dejar de estar amargado cada vez que veo la luz del sol entrar por la ventana, pensando que quizá ese día no sería diferente del anterior.

Pensado y hecho, me dirigí al salón donde se encontraba Agatha para aventurarme a tener la mayor conversación de mi vida, pero no podía estar más equivocado:

- Agatha, tenemos que hablar - le dije, mientras me sentaba a su lado con total delicadeza para no sobresaltarla y empezar bien la conversación -.

- ¿De qué quieres hablar? - me preguntó con total despreocupación, mientras seguía observando aquel libro que llevaba tan solo unos días leyendo -.

- Desde hace quince años que nuestra relación se ha enfriado mucho y creo que sería buena idea volver a donde lo dejamos antes de eso, en aquellas vacaciones en Malibú - mostré una pequeña sonrisa al tiempo en el que le acariciaba mínimamente la mejilla derecha con el dedo - No tenemos por qué seguir así, casi ni hablamos por no decir nunca.

- No quiero tener nada que ver contigo, Albert. No te quiero como te quise hace mucho tiempo, nuestra relación existe por nuestros hijos porque no quiero que se disgusten por tener nosotros esta situación, intento amarte pero no puedo - respondió, mientras apartaba el dedo con el que le estaba acariciando la mejilla - Te quise, de verdad, pero no creo que haya otra oportunidad para nosotros con la que podamos seguir con aquello que teníamos.

- Pues creo que deberíamos divorciarnos, da igual lo que piensen nuestros hijos, ésto no tiene absolutamente ningún sentido - le reproché, en respuesta a su rechazo. Empezaba a sentirme tan mal que me costaba respirar normalmente - He estado contigo durante todo este tiempo para apoyarte con la muerte de tu hermana, no sé qué es lo que he hecho mal para que me rechaces así, antes fuimos algo más que ésto.

- Lo éramos, y estaba increíblemente enamorada de ti, me hacías reír muchísimo. Pero las cosas han cambiado, no puedo seguir mintiéndote ni mirándote a la cara porque eres como un extraño para mí con el que comparto una casa - a esta cruel respuesta, añadió el toque final - Yo también creo que deberíamos divorciarnos.

Agatha se levantó del cómodo sofá color granate del salón y salió del mismo sin decir una palabra más, como si aquello que me acabara de decir no me importara en absoluto. Su cabello castaño y recogido en un moño desapareció por la puerta, aquellos ojos castaños y sensibles con los que solía mirarme desaparecieron tras una mirada de desprecio total hacia mí, la sonrisa que mostraba su completa felicidad hacía quince años dio lugar a unos labios apretados y sin nin ningún tipo de emoción en ellos, su esbelto cuerpo vestido con una bata para andar por casa y unas zapatillas acabó siendo un cuerpo desconocido para mí, acabó siendo algo observado pero sin poder tocarlo nuevamente. De repente, noté que aquella casa me estaba ahogando de tal manera que no podía seguir allí, tenía que...

¿Qué ha pasado? Me encontraba sentado en un prado con el sol dándome en la cara, con la pequeña brisa que llegaba con tanta dulzura hacia mí sin pensarlo. No entendía qué hacía allí, miré a mi alrededor pero no encontraba rastro de mi casa, recordaba aquel lugar pero no sabía exactamente... hasta que vi a aquella pareja a lo lejos. Y, de repente me acordé: sustituimos las clases de historia por venir a aquel prado tan lleno de vida, tan soleado y con aquella fina brisa chocando contra nuestros cuerpos agarrados bajo aquel sol que nos observaba desde lejos. Agatha y yo llevábamos juntos unos meses, pero parecía que nos conociéramos desde siempre, era como si hubiera vuelto a aquel momento mientras me quedé sin respiración en mi casa... no podía ser cierto, ¿estaba muerto? ¿inconsciente? Aunque realmente no me importaba, quería acercarme más a aquella hermosa pareja que descansaba sus cuerpos en aquel hermoso lugar mientras miraban el cielo despejado; cuando estuve a una distancia en la que podía verles mejor, dejé que mis felices recuerdos siguieran fluyendo como lo hacían en aquel momento tan especial.

- Me alegro de haberme perdido las clases de historia - comentó la ahora la adolescente Agatha - Me siento mejor estando aquí contigo.

- El señor Salesmann no creo que opine lo mismo - ambos reímos. Ahora no es que me hiciera gracia esa tontería, pero era hermoso ver lo unidos que estábamos y cuánto nos llegamos a divertir - Espero que quieras seguir estando conmigo mucho más.

- He pensado en lo que dijiste, me gustaría ir contigo a cualquier lugar que desees - aquí es cuando le pedí que viniese conmigo a Nueva York después del instituto para trabajar de fotógrafo, pensé que no aceptaría, realmente me sorprendió -.

- ¿En serio? - estaba totalmente anonadado por aquella buena noticia, así que, la abracé con fuerza y empecé a besarla con ternura, era lo mejor que me había pasado desde hacía algún tiempo -.

De repente, caí al suelo dando un fuerte golpe. Cuando abrí los ojos, volvía a estar en el salón de mi casa; ésto sí había sido una completa locura. Me levanté algo desorientado y me dirigí a la cocina para pedirle a la cocinera que me trajera una manzanilla a mi despacho, creía que me estaba volviendo completamente majara, aunque quizá podía estar soñando... quizá. Con un dolor de cabeza de mil demonios y con el cuerpo tremendamente cansado, me dirigí a mi despacho para acostarme en el sofá y poder relajarme un poco, parecía todo tan real que hasta dolía.

La manzanilla todavía estaba hirviendo, por lo que, cerré los ojos durante lo que me pareció que fue un minuto y me encontré con otro curioso escenario: la casa en la playa en nuestra luna de miel. Aquello empezaba a ser de locos, pero seguía teniendo curiosidad; logré acercarme a la ventana, donde pude vernos a mí y a Agatha de hacía unos veinticinco años, todavía tan jóvenes y acabados de casar, con tantos sueños por cumplir, tantas cosas que hacer y tantos besos que darnos. Todavía seguíamos en la cama después de una gran noche, donde descubrimos la pasión que nos teníamos el uno al otro durante una larga e incansable noche, la cual, nos encantó y volvimos a repetir en diversas ocasiones más.

- No me levantaría en todo el día - comentó Agatha desnuda, tapada solamente con aquellas sábanas blancas tan limpias -.

- Puedes quedarte aquí, si quieres - le dije como un verdadero caballero, mientras le acariciaba la espalda suavemente - Yo tengo que salir a correr.

- No te vayas, prefiero que te quedes aquí - intentó convencerme Agatha, mirándome con aquellos ojos grandes y castaños llenos de brillo y sensualidad - ¿Imaginas alguna forma en la que pudiera convencerte?

- Alguna se me ocurre - le dije, fantaseando de alguna manera en la posibilidad de un polvo mañanero, el cual, tuve con creces -.

Recuerdo que durante toda aquella luna de miel, pasamos la mayor parte del tiempo paseando cogidos de la mano por la orilla del mar, en la cama prácticamente toda la mañana y a veces, nos bañábamos en el mar por las noches hasta pasadas las doce, era increíblemente refrescante. Un dolor fuerte de cabeza volvió a mí como un increíble látigo martilleándome repetidas veces, causando una agonía casi insostenible y, cuando abrí los ojos ya había oscurecido y yo seguía tirado en el sofá de mi despacho con la manzanilla delante de mí ya fría y con los ojos empañados en lágrimas, aquello empezaba a ser demasiado intenso para mí. 

Fui a la cocina a tomarme algo para el dolor de cabeza, para después ir al salón y poner la televisión, a ver si al fin podía espabilarme de toda aquella locura, ni siquiera entendía qué me estaba ocurriendo. Me cambié de ropa y me puse el pijama y el batín de ir por casa, encendí la televisión y le di a un canal donde hacían películas sin parar y sin anuncios, la verdad es, que era un chollo. Pasaron un par de horas y el dolor de cabeza no cesaba, pensé que quizá había dormido demasiado pero estaba muy equivocado, más tarde, me di cuenta de que aquello no iba a parar, estaba viviendo mi propio pasado y me estaba desconectando del presente, de hecho, alguien... alguien... me lo dijo, ¿verdad?

Me volví a quedar dormido, por tercera vez aquella tarde y apareció ante mí ese alguien del cual os estaba hablando, ese alguien que me dio a elegir entre vivir un pasado feliz o seguir adelante con mi futuro dentro de una ruptura increíblemente dolorosa por la que iba a pasar durante algunos años. Era una mujer que caminaba por una preciosa playa, con un vestido blanco, descalza y con aires de total calma y tranquilidad, la verdad es que era admirable; su cabello dorado estaba enganchado en una coleta hermosa, sus ojos azules eran grandes y parecía que se fueran a comer el mundo, inspiraban una plena confianza y sensibilidad, su sonrisa era noble y mostraba sus perfectos dientes blanquecinos. Se acercó a mí solemnemente y se presentó ante todo, mientras yo seguía alucinando:

- Soy Nora, la Diosa de las Oportunidades y de las Decisiones. He venido para que tomes una importante decisión sobre tu presente y tu futuro - señaló con total vehemencia, su voz era tan suave y tranquila que acababa por contagiármelo -.

- ¿Estoy soñando o algo parecido? - le pregunté con curiosidad, hacía un rato que le daba vueltas a la situación y seguía sin aclararme - No entiendo nada de lo que está pasando.

- Es algo habitual en los humanos - dijo sonriendo y emitiendo confianza a través de sus ojos - Digamos que estás en un lugar intermedio ahora mismo, pero que no es ningún sueño, es totalmente real, ésto está ocurriendo de verdad. Lo que ocurre es que te necesito en trance para que las decisiones puedan fluir con una mayor soltura - seguía anonadado por todo lo que me estaba ocurriendo, sobretodo el hecho de que una Diosa había venido a hablarme de aquellas cosas, ¿por qué a mí? - Cuando estás con Agatha en todo aquellos lugares donde fuisteis o el tiempo que pasaste con ella, estás verdaderamente en vuestro pasado y lo estás viviendo desde una tercera persona, como si fuera una película.

- ¿Me permites que piense que ésto es un disparate? - ella asintió cogiéndome la mano con delicadeza - No sé qué es lo que voy a hacer... - le dije con lágrimas en los ojos, mientras pensaba en Agatha -.

- Lo sé, por ello, te voy a dar la oportunidad de que decidas entre vivir en tu pasado una y otra vez reviviendo todos los momentos que estuviste con Agatha o volver al presente y hacer frente a la vida que vas a tener a partir de ahora, en la cual, tienes que pasar por el divorcio que tienes pendiente con tu esposa - Nora me miraba con aquellos ojos grandes y tiernos, llenos de comprensión - Sé que es una decisión difícil, pero puedes meditarla aquí durante el tiempo que necesites.

- Si decido quedarme, ¿qué ocurriría en el presente? - le pregunté preocupado, creía saber la respuesta, pero prefería que saliera de su boca -.

- En el presente morirías para que tu cuerpo estuviese aquí - añadió algo que me pareció más atractivo - Si decides vivir el pasado, dejarás de verlo en tercera persona y serás tú quién vuelva a estar con Agatha en todos éstos momentos tan especiales para ambos. El momento en que hablas con ella y te quedas inconsciente, es el momento de rebobinar y volver a vivirlo todo otra vez - era algo atractivo pero también parecía aburrido - Decídelo bien, por favor. Puedes ir a la casa en la playa para meditar mejor o quizá en la orilla, lo que desees, llámame cuando lo hayas decidido.

- Por supuesto, muchas gracias - le agradecí, mientras Nora soltaba mis manos y desaparecía a lo lejos -.

Tenía que tomar una difícil decisión y tenía verdadero miedo de elegir la equivocada. Volvería al pasado y lo viviría una y otra vez sin dejar de tenerla en mis brazos, aunque todo sucediera como un disco rayado, pero también sería vivir como un verdadero cobarde, no aceptaría mi futuro y, de hecho, no lo acepto, pero no puedo luchar porque Agatha vuelva a estar conmigo si ha decidido lo contrario, parecía que llevaba tiempo meditándolo y esperaba a que yo se lo propusiera; de todas formas, mi matrimonio ya se ha ido al garete, ya nada se puede hacer o nada puede arreglarse a estas alturas. 

Me dirigí a la orilla y contemplé el mar en toda su plenitud, estaba en calma y emanaba una tranquilidad infinita, tanto como lo era ella. Me recordaba a los ojos de Agatha, aquella joven que conocí en un tren que nos llevaba al mismo instituto, nos acabamos viendo todos los días y empezamos a hablar, recuerdo que lo primero que pensé fue: "sus ojos emanan la misma tranquilidad que el mar", algo diferente a lo que sentí esta tarde al hablar con ella, total seriedad y despreocupación hacia mí. Quizá había conocido a otra persona... quizá dejó de quererme hace años y quiere dejarme en su pasado para siempre, quizá necesite tiempo para recomponerse... ¿podría yo darle ese tiempo? ¿Estoy pensando en volver al presente acaso? Pensándolo bien, no tengo nada allí que pueda servirme, todo lo tengo aquí, en la casa de la playa, el hermoso prado, el viaje a Malibú... todos nuestros recuerdos están aquí y yo pertenezco a ésto, éste es mi hogar y lo siento como tal, siento la calma, la serenidad, la soledad, siento el calor en todo mi cuerpo... es como si el pasado me llamara y me gritara "quédate".

Estuve meditando mi decisión durante varios días, me aventuro a decir que fueron tres, ya que, no me he considerado nunca alguien impulsivo, prefiero meditar todas las decisiones que tomo antes de tomarlas. Aquello me llevaba tan concentrado y abstraído que ni había comido, era increíble que ni si quiera hubiera pensado en ello... Llamé a Nora para que regresara al lugar donde yo me encontraba, no sabía si mi decisión era la acertada pero nadie sabe con certeza lo que va a ocurrir más adelante, ¿verdad? Tenía miedo, estaba temblando, no sabía si podría aguantar toda aquella transición por la que estaba a punto de embarcarme. Por fin, vi a Nora a lo lejos, viniendo hacia mí con una sonrisa.

- Veo que finalmente te has decidido - asentí con la cabeza - ¿Estás seguro de tu decisión?

- Sí, totalmente. Quiero vivir el pasado con Agatha - Nora cogió mis manos con suavidad, creía que era para darme confianza y seguridad, pero empezó a formarse una bola de energía en nuestras manos de un color violeta que cada vez iba haciéndose más y más grande, hasta acabar cegándome - Buen viaje, Albert.

Todo desapareció, la playa, la casa, el mar... veía la oscuridad a mi alrededor, aunque por suerte, el dolor de cabeza remitía. Caminé hacia adelante temeroso de lo que fuera a encontrarme, fue una puerta a lo lejos iluminada por una lámpara en el techo, esperaba que ésto fuese el pasado que quiero para mi futuro... Cuando abrí la puerta, tenía dieciséis años, había cambiado mi físico totalmente a la edad anterior y el escenario también había cambiado, de hecho, todo iba a empezar de nuevo con la misma ilusión y emoción en la que empezó en un primer momento. Me acerqué al banco donde se encontraba Agatha sentada esperando al tren y me senté a su lado, esperando que me mirara y sonriera, lo cual, hizo sin dudar.

- Te veo esperando el tren todos los días - me comentó, a aquel niño de cuarenta y cinco años, que físicamente tenía dieciséis. Era complicado responder como un adolescente y casi ni me acordaba de cómo se hacía -.

- Sí, voy al instituto Richardson - le respondí con una amable sonrisa -.

- Yo también voy ese instituto, es raro que no hayamos coincidido - sus mofletes se tiñeron de rojo debido a lo tímida que siempre había sido, me parecía gracioso - ¿Estás... estás llorando? - me preguntó mirándome fijamente, algo preocupada -.

- Emm... no, no, se me ha metido una mota de polvo en el ojo, no es nada - me apresuré a responder, mientras me frotaba los ojos llorando de felicidad al haber vuelto al lugar donde anteriormente lo habíamos dejado -.

Todo fue surgiendo exactamente igual a como yo lo recordaba, cada recuerdo volvía, cada palabra era pronunciada de la misma forma, cada beso era dado con la misma pasión y cada mirada era serena y tranquila como el mar. Mi decisión fue la de un cobarde, sí, pero quizá la de un cobarde muy feliz de ahora en adelante, un cobarde que se ha negado a dejar ir algo con lo que siempre había creído, un cobarde que se negaba a creer que su mujer ya no le amaba como antes, un cobarde que ha podido empezar algo exactamente donde lo dejó, en los momentos más felices de su vida. No sé si me arrepentiré una vez haya vivido ésto más de veinte veces, pero sí sé una cosa, y es que no hay nada más feliz que estar con la persona a la que amas, te corresponde y eres capaz de mirar sus increíbles ojos castaños y creer en ella, creer en lo que tienes con ella sin importar cómo sea de malo o doloroso nuestro alrededor. Lo importante es que esta oportunidad me ha devuelto la vida, la ilusión de levantarme cada mañana y poder respirar y la emoción de volver a enamorarme como lo hice por primera vez.
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