Lejana Amistad:




Siempre he definido la amistad como algo intenso, algo que une a las personas y que crea un lazo fortificante a su alrededor, algo que crea confianza, cariño, e incluso, unos aprendemos de otros, en todo tipo de ámbitos. Para mí, todo ésto era muy importante, sentía que formaba parte de un lugar, de un sentimiento conjunto y me identificaba con aquellas personas que me rodeaban; incluso, cuando me sentía perdida y caía de cabeza en el mismo error otra vez, me ayudaban a levantarme, logré valorar eso más que otra cosa en la vida, e incluso, más que la propia familia. Pero ahora, todo es distinto, no es transparente, claro y pintado de vistosos colores, es oscuro y falto de todo tipo de cariño, de todo tipo de ternura, está lleno de miradas incómodas y de sonrisas forzadas allá donde voy, está lleno de una fuerza que te impide formar parte de personas que quizá, puedan ser interesantes.

Hacía tan solo un año que me había mudado a Los Ángeles, ya que, mis padres querían probar aquí sus ideas de negocios, en nuestro pequeño pueblo no habían muchas oportunidades. Por activa y por pasiva me negué a irme, pero fui arrastrada debido a un montón de factores. Tuve que dejar atrás a todos mis amigos con los que iba desde la infancia, eran como mi familia y formaban parte de mi vida diaria. Después de todo este tiempo, no he recibido ningún tipo de mensaje, notificación en ninguna red social, ningún envío por carta, ni siquiera un whatsapp en el que diga: "Ey amiga, ¿cómo estás?" Absolutamente nada, así que, me he preguntado varias veces si aquellos que decían ser mis amigos de toda la vida, lo eran de verdad o solamente intentaban quedar bien conmigo.

Edan me esperaba en la parada del metro, íbamos juntos a la Universidad, así que, no le importaba esperarme todo el tiempo que yo necesitara. Vi a lo lejos su cabello negro y algo largo peinado hacia arriba, sus ojos de un color canela, sus labios finos y mostrando aquellos dientes algo desgastados por el tabaco, vi su cuerpo delgado y su vestimenta tan original como siempre, vestido de negro y con cadenas colgando por cada parte de su ropa. Era un joven bastante simpático, sensible y con mucha personalidad, aunque también era algo pasota y falto de responsabilidades, pero al fin y al cabo, estaba haciendo mella en mí, estaba ganándose la medalla a ser un buen amigo.

- Lo siento, quizá llego un poco tarde - me disculpé nada más llegar, había ido casi corriendo hasta aquella parada, suelo ser bastante impuntual, pero ni tan si quiera eso importa -.

- No pasa nada, solamente hemos perdido dos trenes - me dijo en tono algo sarcástico. Lo decía tan seriamente que te quedabas como parada, pero luego se echaba a reír, mostrándote aquella sonrisa tan bien pintada en ese cuadro que completaba su personalidad - Hay que esperar diez minutos, no te preocupes.

- Te he hecho perder dos trenes, soy de lo peor... - dije increíblemente arrepentida, me sabía mal que llevara tanto tiempo esperando y que pudiera llegar tarde a la Universidad por mi culpa - Lo siento mucho.

- Ya te he dicho que no pasa nada, siéntate anda - me invitó a sentarme a su lado mientras esperábamos al tren, mientras fumaba el cigarrillo que se había encendido hacía cinco minutos y del que echaba el humo por la boca con total tranquilidad y placer - ¿Estás bien? Te noto algo distinta.

- No es nada, creo que echo de menos a mis amigos más de lo que pensaba - añadí apesadumbrada, habían formado parte de mí durante tanto tiempo que estar sin ellos era como quitarme la respiración -.

- Es normal, eran amigos de la infancia - respondió, no sé si apoyándome o con la intención de hacerme eco - Me tienes a mí, aunque no pueda servirte de consuelo.

Le di un codazo mostrándole que realmente sí me servía de algo porque era lo más parecido que tenía a un amigo aquí en Los Ángeles. Le conocí hace algunos meses, cuando todavía me sentía sola y perdida en una ciudad tan grande, en un ambiente fuera de lo que yo consideraba los stándares normales de amabilidad y respeto unos con otros, le conocí mientras estaba cayendo en un pequeño abismo de soledad del que él de alguna forma u otra logró sacarme, no sé si fue su mirada, su sonrisa... quizá me encantó cómo se peinaba y acabé anonadada, quién sabe. El tren paró justo enfrente de nosotros, Edan tiró la colilla al suelo y subió justo detrás de mí; estuvimos algo incómodos todo el camino, ya que, éste iba llenísimo y nuestros cuerpos estaban tan juntos que podíamos sentir nuestra respiración increíblemente cerca.

La Universidad estaba repleta de estudiantes a aquellas horas de la mañana. Edan se encendió otro cigarrillo y miraba el suelo algo abstraído, era alguien más bien retraído, le gustaba pensar en sus cosas, meditar tranquilamente y dejar que las cosas fluyeran como el agua de un río. Creo que me transmite esa tranquilidad de una forma u otra, creo que me hace sentir como alguien en un ambiente que no es hostil, siento que puedo integrarme con él aunque a veces, no se pueda. Quedamos en vernos después de las clases, seguía algo pensativo pero decidí no darle mucha importancia, al fin y al cabo éramos muy diferentes. Las miradas y los cuchicheos se agolpaban a mi alrededor como verdaderas estacas clavándose en mi pecho, sus ojos me observaban como alcones y sus risitas ya empezaban a penetrar dentro de mi mente hasta producirme un dolor insoportable.

- Tranquilízate - susurré para mí misma, al entrar rápidamente en los servicios de mujeres para intentar respirar hondo y volver a aquel lugar repleto de personas esperando ver cómo hacerte daño - No pasa nada... tranquila.

Acabé empapándome la cara de agua para ver si podía dejar de pensar en ello, si podía dejar de sentir aquel mundo cayendo a pedazos sobre mí, de sentir toda aquella presión... si era posible que los gritos cesaran. Me miré al espejo con cuidado, intentando tomarme con calma aquello que seguía ocurriendo después de un año sin cesar: mi cabello era negro y largo hasta más abajo de las costillas, mis ojos eran grises complementados con ojeras debido a no dormir demasiado, unos labios finos con una sonrisa apagada y casi imperceptible, con un cuerpo esbelto y casi invisible, vestido con un jersey de rombos estampados, una chaqueta de cuero, unos pantalones vaqueros algo rotos, unas Converse y una boina negra de lo más original y retro, un estilo bastante personal, ¿era ésto de lo que se reían, quizá? Si es así, no lo entiendo.

Durante las clases, todo fue tranquilo. Escuchaba con atención al profesor y no me mantenía pendiente de aquellas personas tan remilgadas y con falta de decencia que se burlaban de todo ser vivo que se cruzara por su camino. Al fin, vi a Edan esperándome en la entrada fumándose un cigarrillo, ahora parecía más risueño y más animado para conversar.

- Me alegro de verte por fin - me espetó de repente, rodeándome el cuello con el brazo derecho. No sabía a qué venía aquello pero parecía gustarme -.

- Por lo menos contigo no soy como una extraña - le comenté algo cabizbaja, pero aguantando la sonrisa para que no se disgustara o le entrara la vena violenta contra aquellos que me miraban mal o cuchicheaban -.

- Nunca lo serás - me dio un beso en la mejilla como si nada pasara. He de reconocer que me reconfortó esta acción, me sentí más protegida y apoyada que nunca -.

Este lazo que empezamos a compartir, cada vez se hacía más intenso y empezamos a sentirnos cada vez más unidos el uno al otro, con él era todo más sencillo y tranquilo, no había problemas de ningún tipo. Pero, al cabo de unos cuatro años, cuando me había olvidado de aquella tristeza que se cernía sobre mí debido al abandono de mis amigos de la infancia, Edan empezó a estar distante, a mostrarse preocupado, a veces triste y ansioso, no tenía ni idea de lo que le ocurría y tampoco quería contármelo, lo peor es que no sabía si era porque ya no confiaba en mí por algún motivo que yo misma desconocía o porque simplemente ya no me consideraba alguien lo suficientemente importante como para compartir algo íntimo o importante para él en mi vida. 

Dejé pasar lo que me parecieron largas semanas para dejarle espacio, empezaba a preocuparme al ver que no cambiaba su actitud, se volvió cada vez más continua y llegaba a ser insoportable, ya que, a veces solía contestar bruscamente acusándome de cosas que yo ni si quiera había hecho. Un sábado, inquieta como me encontraba por todo lo que estaba ocurriendo, me acerqué a su casa andando, ya que, estaba a tan solo unas manzanas de la mía, y me decidí a hablar con él seriamente de lo que estaba ocurriendo, no podía simplemente ignorar la situación que vivíamos, no podía darle la espalda después de tanto tiempo. Me abrió su padre y me dejó pasar.

- ¿Cómo estás, Amelia? - me preguntó con la misma voz tranquila y sosegada con la que me hablaba su hijo, se parecían ambos increíblemente -.

- Muy bien, venía a ver a Edan - la casa estaba falta de muebles y habían varias maletas en el salón, supuse lo que podría estar ocurriendo y quise negarlo como fuera - ¿Os vais de viaje o algo así? - le pregunté con voz temblorosa -.

- ¿No te lo ha comentado Edan? Nos... - me empezó a decir extrañado de que Edan no me hubiese explicado lo que ocurría en lo que parecían varias semanas de preparación -.

- Papá, ya la atiendo yo, ¿vale? - nos interrumpió Edan, cogiéndome de la mano y arrastrándome a su cuarto, supuse que no quería que yo supiera más de la cuenta, si no, no habríamos dejado a su padre totalmente perplejo en la puerta de entrada mientras nos veía corriendo escaleras arriba sin ningún tipo de explicación -.

- ¿Me puedes decir que es lo que está pasando? - le pregunté exasperada cuando cerró la puerta de su cuarto, respiraba con dificultad debido a aquella forma que había tenido de apartarme de la conversación que mantenía con su padre - Dios, casi me destrozas la camiseta - dije algo más cabreada y arreglándome un poco la ropa, ahora arrugada -.

- No deberías de haberte enterado así, no quería decírtelo hasta el último momento - mis ojos estaban como platos, ya que, antes de pronunciar aquellas dolorosas palabras, sabía exactamente lo que me iba a decir: lo mismo que les dije a mis amigos antes de mudarme a Los Ángeles - Mi familia y yo nos mudamos, ya que, trasladan a mi madre a Londres y es el trabajo que siempre ha deseado, creemos que se lo merece, intenté quedarme y decirles...

- Déjalo, me sé de memoria el discursito, ¿recuerdas? - le espeté con voz apagada y algo susurrante, estaba experimentando un cansancio que empezaba a aumentar poco a poco, quizá era ese sentimiento de abandono otra vez... - Yo estuve en tu lugar hace unos cinco años y no fue muy agradable, me sentí muy mal y al final me di cuenta de que no tenía ni un solo amigo.

- Lo sé y lo entiendo. Tan solo espero que podamos hablarnos de vez en cuando y...

- Sí, lo mismo dijeron ellos y mira dónde estoy ahora, en el mismo sitio desde donde empecé - le dije, levantándome de la cama apesadumbrada y cerrando la puerta tras de mí -.

Todo aquello me había abrumado hasta tal punto que me dejaba sin respiración, me pitaban los oídos y no sabía exactamente en qué punto de mi vida estaba fallando todo. Como dije antes, para mí la amistad era lo más importante en mi vida y, cuando se iba sentía una sensación de abandono cada vez mayor, era incapaz de pensar con claridad y tenía dificultad para transmitir la mezcla de emociones que sentía en ese preciso momento. Lo único que hice fue correr, corrí hasta llegar a mi casa y encerrarme en mi cuarto, completamente sola y mirando la ventana desconsolada, sola y presintiendo que aquel que me había acompañado en aquella dura travesía sin aquellos amigos que siempre quise, iba a dejarme también, iba a desaparecer porque acaban sustituyéndote por otro y acaban olvidándote, dejas de ser alguien importante y pasas a segundo plano, pasas de ser "mi amiga Amelia" a ser "tuve una amiga, pero no me acuerdo de su nombre", es realmente triste.

Durante los meses que siguieron, no recibí ninguna llamada de Edan. Se fue a Londres unos días después de nuestra discusión en su casa y supuso que no tendría nada más que decirle, pensaría que le odiaba o algo así pero no tenía por qué llamarle, ¿o sí? Las amistades son como una fuerza que te hace funcionar, son como un mundo diferente mezclado con emociones, son como territorios sin descubrir, y yo soy la típica chica a la que le encanta descubrirlos y cogerles tanto cariño que llega a ser hasta doloroso. Supongo que no me doy cuenta de en qué momento empiezo a apropiarme a esa persona, o en qué momento empiezo a protegerla tanto, a hacer que forme parte de mí, e incluso, a quererla... no tengo ni la menor idea. Me acordaba de todos aquellos momentos especiales con Edan, era divertido y siempre que íbamos a tomar algo salíamos de allí riéndonos a carcajadas; cuando íbamos a su casa a estudiar terminábamos tan juntos que hasta podían haber rozado nuestros labios sin siquiera darnos la menor cuenta... quizá fue eso lo que más me dolió, aquello que no pudo ser y que no sería debido a la distancia.

Estaba mirando por la ventana cómo caía la lluvia y empañaba el cristal de mi habitación acabado de limpiar tan solo un par de días antes, lo cual, fue una estupidez porque acababa sucio cuando llovía; las gotas de agua que se veían fuera empezaron a convertirse en lágrimas, la ventana de mi cuarto empezó a desaparecer, mi cuerpo flotaba y parecía que cada vez caía más profundamente en un pozo oscuro del que solo se oía el silencio, en el cual, tan solo sentía pánico, extrañeza y desesperación porque no sabía dónde estaba, la habitación había desaparecido por completo y caía en un enorme túnel oscuro al que no podía engancharme a nada para salvar mi vida. No podía respirar, empezaba a hiperventilar debido a lo asustada que me encontraba, tenía una mano en el pecho y otra en el aire intentando aferrarme a algo aunque fuera a una idea para volver a aquella habitación que ahora mismo tanto anhelaba; lo curioso es que ésto me había ocurrido unos meses después de mudarme, cuando sentí ese profundo sentimiento de abandono por aquellos amigos que no tuve pero que echaba tanto de menos, era como si hubiera perdido la cabeza...

Algo agarró mi brazo desde una parte del túnel y me estiró hacia sí para sacarme de aquel lugar oscuro e infernal, aquel que me había mantenido cayendo durante lo que me parecieron horas. Cuando abrí los ojos, Edan estaba sentado enfrente de la cama de hospital en la que parecía que me encontraba en esos momento, con lágrimas en los ojos y totalmente asustado, era como si nunca se hubiese ido, era como si hubiera estado a mi lado durante todo este tiempo, era como si las enfermeras no le hubieran hecho desaparecer, como si la idea de que estaba conmigo quisiera perdurar aunque nada de ésto fue real. Me quedé con la idea de que volvió a salvarme de mí misma, de aquel lugar en el que estaba perdida, de aquel desmayo que había experimentado, pero eso ya no importaba, había pasado a segundo plano, ya que, tan solo observaba esas lágrimas de Edan transportándome a lo más profundo de su corazón ahora alejado de mí y recordando su maravillosa sonrisa, aquella en la que había soñado tantos días y tantas noches, tantos soles y tantas lunas, recordando en lo que pudo ser y no pudo haber sido.


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