Fer y Connie:




Os voy a contar una historia, una que os sorprenderá y os hará preguntaros si todas las quejas que tenéis día tras día valen la pena. Os presento a Fer y a Connie, son dos chicas de dieciséis años que nacieron con una diferencia de unos minutos la una de la otra y que, desde ese mismo momento, fueron inseparables. Todo su mundo dio un vuelco cuando sus padres murieron en un accidente de coche un año atrás, así que, tuvieron que cuidarse ellas mismas ante todo, vivían para cuidarse la una de la otra y para seguir subsistiendo en este mundo al que todos llamamos cruel.

Fer era la que había nacido con unos minutos de antelación, tenía un cabello intensamente negro y que le llegaba hasta los hombros, unos ojos grandes y castaños llenos de dulzura y de preocupación en ciertas ocasiones, sus labios eran algo grandes también y siempre esbozaba increíbles sonrisas, su cuerpo esbelto era el que la ayudaba a ser tan buena en atletismo, había ganado muchas medallas de oro y había empezado a ser una de las atletas más importantes de su promoción con tan solo dieciséis años. Fer tenía una deficiencia intelectual, no tenía un porcentaje elevado de ésta, pero en ciertas ocasiones, Connie debía ayudarla y no dejarla sola en ningún momento; aparte de ésto, Fer era una joven tan dulce y especial que le encantaba dar abrazos y besos a todo el mundo, era inocente, su cara de felicidad contagiaba y era increíblemente feliz viviendo con su hermana en un estudio en el centro de California, siempre había sido muy entregada a su pasión y deseaba ser cada vez mejor y llegar a dominarla del todo, con un total y completo esfuerzo.

Connie era la que había nacido unos minutos después que su hermana Fer, al ser gemelas también presentaba una cabellera de un color intensamente negro, con unos ojos castaños rasgados que mostraban su ferocidad en los rallyes en los que competía, sus labios finos mostraban seguridad y una agradable sonrisa cada vez que veía a Fer esperándola cuando terminaba sus entrenamientos, su cuerpo esbelto denotaba el esfuerzo y las ganas que ponía a su pasión, se cuidaba muchísimo y todos los días hacía ejercicio. Debido a un accidente en uno de los rallyes en los que participó hacía unos tres años, se le quemó la pierna izquierda y el doctor no tuvo más remedio que amputarla, por lo que, vivía con una sola pierna; a veces, iba en silla de ruedas ayudada por su hermana Fer que la llevaba a todos los sitios que ella le pidiera, otras llevaba muletas para hacer algo de ejercicio y no pasarse todo el día sentada en esa silla de los demonios.

Después de los entrenamientos de ambas, se iban a tomar un helado en un parque cercano al estudio donde vivían para contarse todo lo que habían hecho y conseguido durante los mismos, era como un auténtico ritual. Fer siempre se acababa ensuciando toda la cara de helado de caramelo y Connie se reía mientras le limpiaba la boca con una servilleta; ambas estaban a punto de hacer uno de los campeonatos mundiales más importantes y estaban realmente inquietas, querían que todos sus sueños se cumplieran y que todo el esfuerzo hubiera valido la pena.

- Mañana tengo el último entrenamiento - le comentó Fer a Connie, mirando hacia el cielo, como si estuviese esperando que cayera algo interesante del mismo - Espero hacerlo bien.

- Lo harás, no te preocupes - respondió Connie con una amplia sonrisa, acariciando el lacio pelo negro de su hermana - Seguro que puedes hacer los cuatrocientos metros lisos en un abrir y cerrar de ojos, has estado practicando durante más de dos años.

- Espero que sí - le dijo Fer a su hermana con una amplia sonrisa - Cuando termine, iré a verte.

- ¿De verdad te dará tiempo? Puedes ir a comer algo o esperarme en el estudio, no es necesario que vengas si estás cansada - respondió Connie, mirándola anonadada debido a que su hermana aún tendría fuerzas de ir a verla después de haber recorrido los cuatrocientos metros lisos -.

- No, quiero verte - abrazó a Connie fuertemente y ésta le devolvió el abrazo, era tan tierna que hasta sus abrazos parecían los de un enorme oso peludo con unos brazos que podían abarcar a varias personas - Todo saldrá bien - le susurró al oído -.

Esa misma noche en el estudio, Fer empezó a tener pesadillas, gritaba, estaba inquieta y no dejaba de moverse. Connie se levantó de repente para tranquilizarla, cuando Fer abrió los ojos, se abrazó a ella tan fuertemente como le fue posible. Connie continuó abrazándola para que se sintiera segura, ésto solía pasarle unos días antes de los campeonatos y, lo único que podía hacerse era cuidarla y animarla lo más posible.

- Ya está, tranquila... estoy aquí - le dijo Connie a su hermana para tranquilizarla, mientras le acariciaba el pelo con cuidado para que no se sobresaltara - No tienes por qué asustarte.

- Tenía mucho miedo... era un sueño horrible, parecía muy real - Fer seguía temblando increíblemente, tanto que Connie no se lo podía creer, ¿qué sueño habría tenido? - No quiero tener que volver a soñar eso.

- Puedo dormir contigo, si quieres - Fer asintió, por lo que, Connie se metió en la cama de su hermana y se mantuvo abrazada a ella hasta que dejó de temblar y ya dormía profundamente, era un logro conseguir que se volviera a dormir después de una pesadilla, normalmente se quedaba despierta hablando con Connie sobre cualquier cosa que se le pasara por la cabeza -.

A la mañana siguiente, Connie fue a ver el último entrenamiento de Fer, estaba tan nerviosa que optó por acompañarla y apoyarla en todo momento, era algo increíblemente importante para ella y necesitaba hacerlo bien, al igual que para Connie, quería que su hermana triunfara en todo lo que se propusiera, se merecía cualquier cosa buena que le ocurriera. Veía a su hermana correr tan rápidamente que se sorprendía, era tan joven y con aquella discapacidad que nunca la había hecho rendirse por nada, solo tiraba hacia delante, hacia lo que ella quería y le apasionaba; en cierto modo, entendía ese sentimiento, ya que, Connie no tendría una pierna pero seguía subiendo a los coches de carreras sin pensar en que podría ocurrir otro accidente, ni si quiera estaba preocupada por ello, tan solo quería luchar por lo que quería.

Fer hizo unos buenos tiempos, estaba tan contenta que Connie decidió celebrarlo con ella, quiso que fueran a cenar esa misma noche en un restaurante italiano, una de las comidas que más les gustaban. Fer por fin estaba segura de que le saldría bien la prueba que tendría en tres días, debía relajarse para no estar cansada el día del campeonato, lo veía obvio; Connie la miró fijamente, comía con tanta ansia que parecía que fuese su vida en ello, emitió una risa contagiosa, a lo que su hermana se unió.

- ¿Te ríes por mi forma de comer? - preguntó Fer, todavía con su divertida sonrisa y con una mirada de felicidad increíble -.

- Sí, parecía que te fueras a comer un elefante - ambas volvieron a reír a carcajadas, eran esos momentos inolvidables que siempre permanecían en sus más profundos recuerdos y que no podían dejar que se desvanecieran -.

Fer asistió a los entrenamientos de Connie, ayudó a ésta a que se pusiera la pierna postiza en el lugar donde estuvo su pierna izquierda y consiguió que entrara en el coche de carreras que iba a llevar el día del campeonato. Connie nunca quiso ponerse piernas postizas, primero porque no reflejaba quién era ella de verdad y segundo, porque le dolía una barbaridad, la agobiaba y prefería respirar, algo que Fer apoyó, si su hermana no quería, no debía presionarla de ninguna de las maneras. Ésta veía a su hermana con aquel coche, derrapando ferozmente en la carretera, daba saltos y aplaudía de la emoción, esa era su hermana e iba a conseguir ganar el campeonato, lo tenía clarísimo.

Cuando Connie terminó el entrenamiento, abrazó a su hermana contenta de haber podido hacerlo mejor de lo que había esperado, era increíble que hubiera podido conseguir unos tiempos más bajos que los de la semana pasada, quizá podría ganar la carrera dentro de dos días, tan solo tenía que respirar hondo y concentrarse en la meta. Fer quiso que fueran a comerse una enorme tarta de chocolate para merendar y celebrar el nuevo éxito en los tiempos de Connie, así que, su hermana accedió y acabaron perdidas de chocolate, riendo a carcajadas una de la otra y disfrutando de una tarde soleada en un agradable parque que se encontraba delante de la cafetería donde se habían comido la tarta.

Ambas ganaron el campeonato mundial cada una en su ámbito, no cabía en ellas más alegría que la que ya tenían, habían logrado una de las metas más importantes en sus vidas y era una gran oportunidad para conocer a personas que lo habían logrado anteriormente y seguir hacia delante como verdaderas campeonas, aunque ésto no suele ser algo tan bonito como cuando se dice en voz alta, se volvió algo más complicado que eso. Todo empezó a ir muy deprisa y empezaron a ser muy importantes; a veces, hacían varios eventos importantes en un día y no pasaban nada de tiempo juntas, lo cual, hacía que se sintieran tristes de no tenerse la una a la otra, era agotador estar de un lado a otro. Fer añoraba que su hermana la abrazara cuando tuviera pesadillas y Connie echaba de menos los abrazos de Fer, no habían contado en lo separadas que iban a estar y en lo complicado que iba a ser.

En siete años consiguieron más de lo que podrían haber soñado, ya tenían veintitres años pero seguían sin poder verse, tan solo hablaban por teléfono de vez en cuando, quizá una vez cada dos semanas o algo así. Fer se sentía tan triste que dejó de ir a varios eventos, prefería quedarse en el hotel esperando a ver si su hermana la llamaba por teléfono, tan solo quería oír su voz, quería hablar con ella y volver a compartir todas aquellas risas y aquellos momentos inolvidables; Connie siempre tenía el teléfono a mano para contactar con su hermana, pero siempre había algo que la interrumpía y no conseguía hacer aquello que más deseaba, tan solo escuchar su voz y poder quedar con ella tan solo una vez, después de haber pasado tanto tiempo sin verse, sentía como si se estuviera consumiendo.

- ¿Fer? ¿Fer, me oyes? - Connie por fin había podido llamar a su hermana después de mucho tiempo, pero se oían ruidos extraños por la otra línea, se estaba preocupando, ¿estaría bien? -.

- Te... te oigo - le respondió Fer entusiasmada, se oía entrecortado pero algo se podía entender. No tenía mucha cobertura y había mucho ruido a su alrededor -.

- ¿Dónde estás? - preguntó Connie, tapándose un oído para poder oír mejor a su hermana - ¿Te encuentras bien? Oigo mucho ruido, como si hubiera mucho tráfico.

- Sí, bueno... te he preparado una... sorpresa - Fer iba de camino a la fiesta de negocios en la que se encontraba Connie, era una sorpresa después de siete años, así que, esperaba que se volviera loca de alegría cuando la viera -.

- No estarás conduciendo, ¿verdad? - Fer se quedó callada pero sonriendo para sí misma - ¡Sabes que no puedes conducir! Dime dónde estás y voy a recogerte.

- Donde nuestros padres... - el teléfono se cortó de repente. Connie llamaba a su hermana a gritos pero ya no la escuchaba, al menos sabía dónde encontrarla... esperaba que estubiera bien -.

Connie no podía estar más equivocada, ya que, la emoción de Fer por darle una sorpresa a su hermana hizo que se precipitara por el mismo acantilado por el que cayeron sus padres hacía ya varios años. No pudo creer que antepusiera su vida actual a su hermana, no se perdonaría el no haberla llamado y el no haberla visto a lo largo de siete años, ahora Connie había perdido un pedazo de ella misma y lo difícil iba a ser continuar desde ahí.

Connie decidió apartarse de los campeonatos durante un tiempo, le vendría bien. No podía dejar de culparse, no podía dejar de recordar todos aquellos momentos que pasaron juntas, no podía dejar de preguntarse qué habría ocurrido si no la hubiese llamado mientras conducía o si hubiese ido a su hotel unas horas antes o la hubiese llamado para quedar otro día... todo hubiera sido distinto.

Después de todo, siempre habían sido Connie y Fer. Habían superado cualquier obstáculo que se les presentara por horrible que fuera y Fer siempre se lo tomaba todo con ilusión y emoción, había sido digna de admirar; Connie siempre la recordaría, tendría la llave que le dio Fer para abrir la puerta de su "baúl de los recuerdos", éste era un baúl lleno de todas sus fotos juntas, mostrando sus logros en cada una de ellas, la llevaría colgada del cuello para no olvidar jamás esa mirada clara, de compromiso, de alegría y de completa veneración por aquel fuerte lazo que siempre las había unido.
Follow my blog with Bloglovin

Comentarios

Entradas populares de este blog

Aparición:

TAG Series:

Escritor Decepcionado: