Inspirado en la Muerte:





Es curioso cómo quisiera dejar de ser la única persona que se siente como un extraño en su propio territorio, con tanta gente alrededor observando, susurrando, criticando, e incluso amando. Nadie se da cuenta de lo importante que es existir, simplemente, se hacen las cosas por pura mecánica como: me hace falta leche, cereales y fruta, voy y lo compro. No se tiene una conciencia de lo que se está aconteciendo en ese momento alrededor de esa persona, como cosas importantes, cosas que se dicen que en ese momento no tienen importancia pero que, más tarde, tienen tanta que desbordan tu mente de ideas; no podemos estar en un mundo en el que solamente somos subordinados de otros, no me creo que podamos ser tan dejados en nuestras vidas o que no sean absolutamente nada importantes como para no prestar atención a estos momentos tan importantes que nos acontecen delante de nuestras narices.

Podréis pensar que estoy completamente loco, que no sabéis de lo que estoy hablando, e incluso, os podréis excusar de cosas como que estáis ocupados, no tenéis tiempo de disfrutar, os pasáis el día trabajando o que no pensáis en otra cosa que en darles a vuestros hijos lo que necesitan. Es verdad, lo entiendo. Una persona no puede estar en mil sitios a la vez, o pensar en mil cosas, o tener en cuenta que tiene que ir a varios sitios a lo largo del día y que, quizá no llegue a tiempo a comprar la fruta que le hacía más falta que otra cosa en el supermercado de la esquina. La última noticia, es que no estoy loco para nada, ya que, este tipo de cosas te las planteas cuando has tenido la muerte en tus manos, cuando has presenciado que una persona ha muerto en tus brazos, mientras la sostenías firmemente y le decías que no pasaba nada, que no se preocupara y que iba a estar bien. Es curioso, que ésto pasara hace tan solo un año y parece que fuera ayer cuando tenía a mi hermana en mis brazos sufriendo un ataque de corazón que la dejó sin aliento, sin respiración y ni siquiera daba señales de vida; no hacía más que intentar ayudarla, llamé a la ambulancia y le hablaba como si ella estuviese viva, pero nada pudo hacerse, ya que, cuando llegaron los médicos dijeron que ya no tenía pulso y que no podían hacer absolutamente nada por ella.

Nadie a su alrededor, ni siquiera yo, nos podemos imaginar lo cerca que está la muerte, a la vuelta de la esquina, cuando menos te lo esperas, ya sea, andando por la calle, durmiendo, hablando con tus amigos o por teléfono, haciendo el amor con tu pareja, e incluso, estudiando tranquilamente en tu cuarto. No pensé en nada de ésto hasta que mi hermana de treinta y dos años murió, tan joven, con un espíritu fuerte y con una sensación muy grata de la vida, siempre viendo la parte positiva de las cosas y dejando atrás cualquier problema solucionado o cualquier persona que ya no formara parte de su vida. A pesar de tener actualmente cincuenta años, tenía una muy buena relación con mi hermana, estábamos tremendamente unidos y su muerte me causó un gran impacto, aunque también fue una fuente de inspiración para mis libros. No es que me importe ser un escritor reconocido, que no me importa, sino lo que transmito con solo apretar una teclas y todas las sensaciones y sentimientos que puedo provocar a las personas que se brindan a leer mis libros con interés.

Vivo solo desde que Annia murió. Mi casa situada delante de un parque donde siempre está repleto de niños jugando, entreteniéndose con cualquier cosa y siendo inocentes como son día tras día, es una casa ahora vacía, carente de voces y de pensamientos compartidos. Me ha sido difícil seguir en este lugar del que antes surgían largas conversaciones, éramos como un matrimonio con nuestros buenos y malos momentos, con gritos y con abrazos, con discusiones y con pasatiempos, para muchos, éramos el vivo ejemplo de la familia unida, ya que, desde pequeños siempre nos apoyamos, sobretodo cuando nuestros padres murieron al Annia tener dieciséis y yo treinta y cuatro años, cuando la acogí en mi casa, en mis brazos cuando echaba de menos a nuestros padres o cuando empezó a entender que no existiría vida si no existiera muerte, fue muy difícil hacérserlo entender pero, era una chica muy lista. 

Desde hace un año dejé mi trabajo de bombero, ya que, no me encontraba con fuerzas necesarias para salvar vidas de personas que no eran mi hermana, la veía en cada ventana con un alrededor lleno de llamas, la veía mirándome y gritando "socorro" a voz en grito, yo la salvaba y ya no estaba muerta, volvía a formar parte de mi vida. Según mi psicólogo estaba delirando, estaba en un estado en el que no quería entender que mi hermana se había ido para siempre, mi cabeza no quería asimilarlo. Llevo yendo al mismo todo este tiempo y me he dado cuenta de lo importante que es hablar con otra persona de tus problemas, una persona totalmente ajena a ti, que intente comprender qué es lo que ocurre en tu vida, en los pensamientos que tu crees incongruentes pero que tienen cierto sentido para él, ver cierta iluminación en un túnel que tu veías oscuro e intentar formar parte de un hobbie como ha sido la escritura durante todo éste tiempo, a petición de mi psicólogo. He escrito dos libros de diferentes historias pero que tienen una misma profundidad, es decir, la muerte y el disfrute en vida que debemos tener porque no sabemos cuándo nos puede llegar la hora, no sabemos cuándo va a ser el momento en que nos tengamos que ir exactamente como vinimos: sin nada en absoluto.

Dejando mis pensamientos de lado, después de mi agradable paseo desde la consulta de mi psicólogo hasta mi casa, fui hacia la cocina para ver qué tenía en la nevera para comer, pero en ese momento, se me ocurrieron algunas buenas ideas para terminar con el libro que tenía entre manos. Tan solo me quedaban escribir unas pocas cosas, al menos, unas cinco páginas en las que describir qué había significado la muerte de mi hermana para mí y transmitiendo ese sentimiento de deseo de querer hablar con ella por última vez. Fui rápidamente al despacho que dí un nuevo toque de escritor, con una ambientación más clara en las paredes, una silla de ordenador más cómoda, una mesa más ancha para poner todas las hojas que iba imprimiendo por orden, un ambientador de canela que me hacía recordar aquellos días de domingo que pasábamos en casa de nuestros abuelos y siempre echaban ambientador de canela, mi nuevo portátil con muchos programas destinados a escribir, ejercitar la mente y la concentración, para fomentar la imaginación y ese tipo de cosas. Había cambiado tantas cosas de ese rincón del mundo que era solo mío que perdí la cuenta por completo, pero al sentarme, era como el amo del lugar, era como el gran escritor que quería ser, era como dar paso a un mundo nuevo gracias a mis manos en el teclado, a ser capaz de hacer que muchas personas imaginaran todo lo que les comunicaba, como ahora mismo, mientras transmitía aquello que solía decir Annia: "Cuando eres tú mismo y disfrutas de la vida, no tienes por qué preocuparte de nada más, simplemente eres feliz", solía decirlo con una agradable sonrisa llena de cariño y ternura, después de haber superado el divorcio con su marido, el cual, no era alguien que pudiera llamarse admirable.

Cuando terminé de escribir esas cinco páginas que me quedaban, orgulloso de aquellas últimas palabras y de perfilar algunas cosas, repasar que no hubiera ningún tipo de error, proseguí a imprimir éstas. Cuando las tuve en mis manos, me dispuse a leerlas para comprobar que estaba todo correcto, así mi editora podría ponerse manos a la obra nada más le llevara el libro. Pero mientras lo leía, pasó algo inesperado, algo que me llevó a las profundidades de mis palabras, algo que no sabía que podía suceder, algo que me llevó a esas cinco páginas en la realidad; es decir, en este mismo momento, estaba dentro de mi libro, algo que nunca se me hubiera ocurrido pensar, sentado en un banco mirando las montañas, mientras el sol me daba en la cara con su calidez y con ese aire fresco que hacía que mi cabello canoso se moviera al viento aunque fuera corto, hacía que mis ojos castaños se achinaran, mis labios esbozaran una sonrisa por estar tan a gusto en aquel lugar y que mi cuerpo abrigado con una chaqueta negra algo larga se sintiera con el calor suficiente para no temblar. Parecía el mismo de siempre, pero esperaba a alguien, esperaba a Annia; ésto lo sabía porque lo había escrito yo, intentaba disfrutarlo pero aún seguía alucinado. Todo se volvió más impresionante cuando vi a mi hermana de pie justo a mi lado, mirándome como si tampoco creyera que estaba allí, con aquel pelo castaño con algunas mechas rubias, con aquellos ojos castaños que mostraban la ternura que desprendía allí donde se encontraba, incluso en la muerte, sus labios carnosos no estaban pintados de ningún color como solía hacerlo anteriormente, sino que permanecían con su color natural; no sonreía, pero su mirada lo decía todo. Vestía con un abrigo largo y de color amarillo oscuro que le favorecía mucho su figura y su cara fina; su expresión me dijo que era como si hubiéramos quedado allí hacía tiempo.

- No sé qué decir... - dije, encogiéndome de hombros. Siempre he sido un hombre de pocas palabras, siempre había sido Annia la que me sacaba los problemas con sacacorchos. Ella se sentó a mi lado y me cogió la mano -.

- Podrías abrazarme - añadió con una amplia sonrisa, mostrando sus dientes blanquecinos. Eso fue lo que hice, más fuerte de lo que creía, sabía que esa iba a ser la última vez que iba a verla, sabía que nunca más la iba a tener tan cerca - Te veo bien.

- A ti tampoco te veo mal, estás como antes de salir de casa el dos de noviembre del año pasado, antes de salir a dar un paseo por el parque - le dije con voz sosegada. Se respiraba tanta paz allí que era inevitable hablar tranquilamente y con tono moderado - Ibas con el mismo abrigo, sin maquillaje y no te habías pintado los labios, me dijiste esa mañana que te sentías natural.

- Sí... - me dijo riéndose con ternura, después me miró - Esa mañana era una como cualquier otra, simplemente sucedió. Tenía la esperanza de que pudieras escribir algo que consiguiera reunirnos aquí, no conseguimos despedirnos.

- Sí, todo fue de repente - le dije, apretando su mano con algo más de intensidad - Tu muerte me inspiró y mis últimas páginas han sido dedicadas únicamente a ti, a cómo eras, a cómo te fuiste y todas aquellas cosas que decías para animarme. Eras más pequeña que yo, pero más sabia.

- Tú eres más sabio de lo que dejas ver, tienes tal pureza que es imposible de abarcar. Siempre me sorprendías con tus reflexiones, tus desayunos cada mañana y las cosas que me contabas del trabajo sobre las vidas que habías salvado - respondió, aún con la sonrisa puesta en esa cara perfilada y perfecta, la cual, provenía de mi madre. Sus ojos estaban algo acuosos -.

- Dejé el trabajo poco después de que murieras, no podía seguir viendo tu cara en la ventana de cualquier casa llena de fuego alrededor. Estaba volviéndome loco, no podía seguir con ésto, tenía que dejarlo - le dije, siempre conteniendo mis lágrimas y mis ganas de quedarme abrazado a ella sin despegarme, sabía que la pérdida sería más fuerte ahora, sabía que iba por la segunda página de la que había escrito y todo estaba diciéndose exactamente igual a cómo lo escribí -.

- Salvar vidas siempre te llenó, llegabas a casa sintiéndote como un héroe, no puedo creer que lo dejaras - sus lágrimas cruzaron por sus mejillas. Ella había vivido todos aquellos momentos increíbles en los que salvaba a personas, en los que ayudaba a personas de todo tipo, en cualquier lugar y las que encontraba por la calle, me daba igual; ella sabía cuánto me había costado llegar a ser Jefe de Bomberos, había sido alguien ejemplar que había dejado todo lo que amaba por la muerte que te las hacía pasar putas - Una vez hablamos de que, si uno de los dos moría, el otro no se hundiría por muy duro que le pareciera todo, que no dejaría todo lo que amaba por la muerte del otro. No has sido capaz de cumplirlo...

- Lo siento, no todo es tan fácil cuando nos ocurre a nosotros. Los humanos somos personas confiadas que creemos que las desgracias no nos pueden ocurrir a nosotros, que somos invencibles o algo así, que nuestras familias no van a contraer enfermedades y que nuestras vidas van a ser increíbles, pero no es así - le expliqué, aunque sabía que no sería suficiente justificación para ella, la había decepcionado pero no era una promesa fácil de cumplir - Me tocó a mí y no supe cómo llevarlo, Annia; es una situación difícil, no te rindes pero te hundes. La casa donde vivimos está increíblemente silenciosa y a veces, raya la locura, muchas de ellas no puedo estar allí metido, tengo que salir, no puedo soportar el hecho de que te has ido...

Me miró a los ojos y sonrió, siempre hacía eso cuando me decía que me había vuelto un sensiblón y un blandengue, pero no tenía otra forma de expresarlo. Las cosas nunca son fáciles, siempre se complican de mil maneras y la muerte de alguien cercano es producto de un vacío enorme en tu corazón que nadie es capaz de llenar, a veces, incapaz de explicar. Echas de menos a esa persona, quieres que vuelva pero sabes de todas formas que nunca lo hará, sabes que se ha ido y que solo te quedan tus recuerdos con ella, todo lo que compartiste con ella. La vida no es nada justa, todos parece que tenemos que pasar por circunstancias que cambien nuestro alrededor totalmente, quitando que sea justo o no, pero sin que nosotros podamos decir que no o que no nos gusta lo que nos va a ocurrir. Es lo que ocurrió cuando Annia murió, fue algo tan difícil que me ahogaba en mi casa, hubo una época en la que no podía cruzar la puerta de casa o ver nuestras fotos, llegué a dormir en casa de mi psicólogo; quería escapar de la realidad, mientras que, ahora me encuentro en la tercera hoja escrita y me quedaba poco tiempo que compartir con ella para despedirme.

- Sabes que ésto es una despedida - le dije mirándola fijamente a los ojos, ella asintió - No sé qué voy a hacer cuándo vuelva.

- Vuelve al Cuerpo de Bomberos, por favor. Vuelve a la vida que tenías antes de que muriera, era lo que realmente te llenaba - me sonrió acariciéndome el cabello como hacía cuando éramos niños, con suavidad y ternura - Y nunca dejes de escribir y recordarme.

- Sabes que nunca lo haré, siempre has sido una parte muy importante para mí, eras como una hija, como alguien que compartía muchas de las cosas importantes que nos pasaban, eras alguien con quién conseguía hablar sobre todo, y bueno, tuviste que irte... - en respuesta a ello, me dio un beso en la mejilla y se levantó del banco en el que estábamos sentados -.

- Tengo que irme - sus ojos estaban bañados en lágrimas que rozaban por sus mejillas. Iba a ser muy duro despedirse, casi que prefería que se hubiera ido sin tener que decir adiós, ya había sido bastante duro - Haz lo que te he dicho, hazme caso por una vez aunque sea tu hermana pequeña. Sé lo que te conviene.

Sabía que me quedaban tan solo dos líneas para terminar esas cinco hojas escritas que me llevaron a compartir ese último momento con ella, así que, me levanté rápidamente del banco donde permanecía inmóvil sin motivación para despedirme, sin querer hacerlo, pero acercándome a ella y abrazándola fuertemente, como nunca antes lo había hecho, quería que sintiera cuánto la echaba de menos. Sentí su cuerpo temblando, tampoco quería irse, no quería quedarse sola en aquel lugar aunque fuera hermoso y pudiera ver las montañas ficticias que tenía ante sus ojos. Era entendible, no estaba viva, no estaba acompañada de su única familia que le quedaba, es decir, yo; notaba que desde hacía un año no había podido abrazar a nadie y había echado de menos el contacto humano, hablar, tener algo que compartir... como aquel abrazo que significó tanto para ambos, aquel adiós que nunca antes pudimos darnos.

Abrí los ojos de repente, me había quedado en una especie de trance sentado en la silla de mi escritorio, con las últimas hojas imprimidas de mi libro en la mano y con lágrimas en los ojos debido a lo que había vivido. Aquella despedida fue triste pero a la vez, gratificante, siempre quise despedirme de ella, y no sé de qué forma pasó pero conseguí ir justo al lugar donde Annia me esperaba para darle un último adiós. Me sentía triste, ya que, mi hermanita estaba sola en aquel lugar, no tenía contacto con nadie y sabía que añoraba la rutina de cada día, levantarse temprano, ver una película de terror todos los viernes y engancharse a mi brazo como un mono asustado y mil cosas que existen en este mundo que en ningún otro existen. Al menos, sé que está en paz y no revolviéndose en su tumba.

Decidí levantarme de la silla e ir a darle a mis editores el libro terminado y hacer realidad el deseo de Annia, sabía que de alguna manera, seguía mis pasos. Así que, llamé inmediatamente a una amiga mía que formaba parte de la editorial para decirle que tenía mi libro terminado y que quería verme con ella cuanto antes, quería entregarle lo más preciado que tenía en mis manos, las palabras que cambiarían la vida de muchas personas, adoraba poner todas aquellas reflexiones de Annia en todos aquellos libros que escribía para que de alguna manera, el espíritu de mi hermana siguiera vivo. Charlotte, una de las editoras y muy amiga mía, me hizo un hueco en su apretada agenda sobre las siete de la tarde, por lo que, tenía una hora para arreglarme. Elegí rápidamente un atuendo formal para dar una buena impresión, ya que, ahora mi imagen como escritor era muy importante, ya que, tenía alrededor de mi casa y en los lugares donde iba paparazzis y muchos fans que me pedían que me hiciera fotos con ellos cuando estaba en algún restaurante comiendo, paseando en un parque o esperándome en la puerta donde se encontraba la consulta de mi psicólogo; así que, era importante ir elegante a todas mis reuniones de trabajo o no ir desaliñado, ya que, las fotos podían subirlas por internet y empezar a inventar calumnias sobre la mala vida como escritor que tenía, no me podía permitir tal cosa, así que, me decanté por unos vaqueros, una camisa blanca recién planchada, una americana y una corbata negra; me peiné poniéndome la raya un poco al lado y el resto de pelo hacia atrás, cogí las llaves, la cartera, la maleta donde llevaba mi trabajo y poco más, por lo que, en media hora conseguí salir de mi casa.

Me acerqué a la cafetería donde solíamos quedar a tomarnos un café mientras hablábamos de mis novedosos libros. Nos encantaba ese lugar, ya que, estaba cerca de la editorial y cerca de mi casa, por lo que, era un término medio y era un lugar donde servían los mejores cafés de todo Los Ángeles, aunque era un sitio bastante caro. Charlotte ya me esperaba, siempre con su cabello pelirrojo largo y brillante bien peinado, sus ojos verdes con un sinfín de maquillaje y con un cuerpo espectacular, sin aparentar sus cuarenta años, siempre llevando vestidos que marcaban su figura increíblemente. Me senté frente a ella, después de darle dos besos como saludo habitual y pedí un café para despertarme de aquel momentum que tuve con Annia que me dejó algo mareado después.

- Te veo muy bien - comentó Charlotte, que siempre me echaba piropos, los cuales, nunca surtían efecto conmigo, todavía no estaba preparado para una relación - ¿Qué me traes?

- Mi nuevo libro titulado "Escritor Inspirado en la Muerte" - le entregué la carpeta donde estaba todo lo que había escrito. Ella se lo guardó en su bolsa de mano para no arrugarlo, por lo que proseguí con mi explicación en exclusiva de mi libro - Verás, es un libro muy importante para mí, quizá el que más, en el que transmito el sufrimiento por el que he pasado durante todo este tiempo desde que murió mi hermana. Hay muchas frases de ella en el mismo y le he dedicado cinco hojas al final del libro, me encantaría que pusieras énfasis en ello cuando tú y tus compañeros lo leáis. Es muy importante para mí - carraspeé al recordar el último abrazo que compartí con Annia antes de volver al mundo real -.

- Resulta muy interesante que hayas plasmado tus sentimientos sobre lo que ocurrió con Annia tiempo atrás en uno de tus libros, de verdad, es admirable Sebastian. Aprecio mucho todo el trabajo que has hecho y te prometo que lo revisaremos con toda cariño, te lo aseguro, sé que es algo muy especial para ti y pondremos todo nuestro apoyo en la publicación de tu libro - me sonrió con ternura. Charlotte era una mujer muy dulce, no era solo fachada, era increíble y siempre me había apoyado en lo que acontecía a mi hermana, ya que, fueron muy amigas antes de que fuera a su editorial, por ello, también empezó a ser muy amiga mía -.

Después de hacer algunas observaciones más referidas al libro, empezamos a hablar de banalidades, es decir, de cómo iban nuestras vidas después de la última vez que nos vimos, es decir, cuando quise publicar mi segundo libro. Cuando terminamos con nuestra reunión sobre las ocho y media de la noche, volví a casa para relajarme. Al llegar a la misma, habiendo tardado bastante poco, lo dejé todo encima del sofá para descargar lo que llevaba y, cuando dejé las llaves sobre la mesilla al lado de la puerta de entrada, recordé la última voluntad de Annia: volver al Cuerpo de Bomberos. Al principio, no pensaba hacerlo ni en broma, pero empecé a pensar qué me diría si no lo hacía, por lo que, decidí hacer caso a lo que me dijo con total seriedad y, a la mañana siguiente, me acerqué a mi antiguo lugar de trabajo donde en una de las oficinas estaba Gregory, el cual, nada más me vio vino corriendo a abrazarme, sorprendido de mi visita a aquellos lares después de un año sin aparecer por allí. Me invitó a pasar a su despacho para charlar y para hablar sobre el motivo de mi visita.

- Cuéntame, Sebastian. Hace mucho que no te veo, ¿cómo estás? - era un hombre muy afable, le encantaba saber sobre ti y si estabas enfermo se pasaba semanas pendiente de ti hasta que se te pasara tu corta o larga enfermedad, era un hombre increíble -.

- Mejor. Siento haberme ido tan de repente de mi trabajo y sin poder darte una buena explicación, yo... - empecé con mi justificación de por qué me fui de allí con tanta urgencia, pero se vio en la necesidad de interrumpirme -.

- No hace falta que te disculpes, entendí por qué te fuiste, no te culpo de nada ni estoy molesto - me aclaró con una agradable sonrisa - Es más, después de la muerte de Annia, sabía que necesitarías una pausa para poder superarlo, así que, no te preocupes.

- Muchas gracias, Gregory - le agradecí por todo aquello tan bonito que había dicho - Bueno, en realidad, quería hacerte una petición o un favor, como quieras verlo.

- Muy bien, dispara. ¿Qué necesitas? - me preguntó con increíble curiosidad -.

- Verás, la última voluntad de mi hermana era que volviera al Cuerpo de Bomberos, es decir, aquí. Quiero cumplir ese deseo y quiero volver a ser ese hombre que salva vidas, me apetece mucho, la verdad - su cara de curiosidad pasó a ser una cara de completa felicidad, no me esperaba tan grata bienvenida -.

- ¡Por supuesto que sí! Tienes las puertas abiertas para cuando quieras reincorporarte, tan solo necesitaría que firmaras unos papeles, pero eso sería todo - se levantó para abrazarme, con aquellos enormes brazos y con toda su corpulencia - Me alegro muchísimo de que hayas tomado esta decisión, tómate el tiempo que necesites antes de reincorporarte al trabajo.

- Muchas gracias, Gregory. Estoy muy contento de volver, quiero cumplir el deseo de Annia y conseguir ser mejor de lo que era y poder recuperarme algo más después de todo - le sonreí recordando la última reunión que tuve con ella antes de volver al mundo real, estaría orgullosa y saltando de alegría si se lo dijera -.

- ¿Cuándo te lo dijo tu hermana? - me preguntó intrigado, ya que, antes de su muerte yo seguía en el Cuerpo de Bomberos, por lo que, no podría saber que era su última voluntad, así que, tuve que discurrir algo rápidamente, ya que, era imposible que creyera lo que me ocurrió mientras leía la últimas palabras de mi libro -.

- Estaba orgullosa de mí por trabajar aquí, quería que salvara vidas y, si hubiera sabido que lo dejé cuando ella murió, no me hubiera perdonado nunca. La conocía muy bien, Gregory, creo que si lo supiera me hubiera dicho en un banco situado cerca de las montañas que volviera a este increíble trabajo - conseguí decir con los ojos un poco aguados. A Gregory le convenció la explicación, así que, dejó de hacer preguntas de ese tipo - Gracias por todo.

- Llámame cuando quieras reincorporarte y te entregaré los papeles para que los firmes - me volvió a abrazar y me dio la mano a modo de despedida -.

Al volver a casa, me sentía satisfecho por cumplir la última voluntad de mi hermana, de una mujer tan fuerte, tan decidida y tan entregada a la vida. No me arrepentía de haberla acogido en mi casa cuando murieron nuestros padres, me alegro de que hubiera sido mi confidente y de haberme podido despedir en un lugar tan hermoso que yo mismo escribí. Quizá, la mejor forma de recuperarme sería ésta, con mis antiguos compañeros, escribiendo libros intentando recordarla y terminando las sesiones con mi psicólogo, ya que, prefería compartir mis sentimientos con alguien antes que quedármelos para mí, por lo que, seguiría yendo a este especialista, el cual, no era solamente eso, sino que, también era como un amigo que me dejó dormir en su casa cuando no podía vivir en la mía. Muchas personas me ayudaron cuando no encontraba mi sitio, muchas personas sintieron que debían dejarme mi espacio, dejar que sintiera mi propio dolor para sentirme un poco mejor conmigo mismo y con la situación. Así que, como decía mi hermana: "Nunca es tarde para recomponer tu vida, así que, vamos a empezar a vivirla otra vez". Para ella no había lugar para la rendición, por lo que, para mí tampoco habrá un lugar o un solo momento del resto de mi vida en el que no la recuerde.

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