El Colgante:





Un colgante azulado y brillante que yacía en la Ciudad Aullante, llamada así porque allí vivían los hombres lobo, los cuales, habían sido elegidos por el Rey Emérides para que custodiaran el colgante. Aunque no sólo era un colgante, era especial y en su interior tenía un poder tan grande que era capaz de hacer que millones de aldeanos intentaran entrar en la cueva donde se encontraba poniendo en riesgo sus vidas, solo para ponérselo y así, poder obtener la inmortalidad. Este poder sólo servía para una persona, la que se lo pusiera fuera quien fuese, la obtendría al instante; además, tenía otra ventaja, la persona que se lo pusiera, ya no envejecería. 

La Ciudad Aullante era la Ciudad de los Lobos, como era llamada por los elfos y los enanos que solían acercarse a sus bosques para cazar o para coger algunas frutas. Los hombres lobo se lo permitían, siempre y cuando no pasaran del límite permitido por el Rey Emérides. Éste era un hombre mayor y muy sabio, tenía setenta años, aunque no los aparentaba por tener un cuerpo tan fornido debido a todo lo que había corrido como lobo desde que la luna empezó a afectarle, más o menos, cuando tenía diez años; su cabello y su barba eran blancos, abundaban las arrugas en su cara, sus labios finos siempre esbozaban una sonrisa y sus ojos siempre expresaban cariño y aprecio hacia su manada. 

Ésta maldición, como decían los aldeanos que vivían por los alrededores, la heredó de su padre, y éste del suyo y así, sucesivamente. Todos los que vivían allí habían heredado la maldición, pero Emérides siempre decía que no había que tratarlo como tal, sino como un regalo, como algo que los Dioses les habían ofrecido, como el regalo de custodiar el colgante. Sus ojos azulados siempre veían éste objeto como un bien preciado, como algo que tenían que proteger, siempre lo miraba con ternura; su melena de color canela hondeaba al viento cada luna llena, cuando iba a la cueva de la Ciudad Aullante para admirar el collar, siempre iba en forma de lobo, ya que, siempre decía que si fuera en forma humana podría caer en la tentación a la que todo hombre podría caer, la ambición y el poder. Decía que yendo allí en forma de lobo, sentía total pureza y ternura por ella, no sentía el deseo de poseerlo; su pequeña nariz negra olisqueaba el aroma que desprendía aquel luminoso colgante, siempre olía a flores; le encantaba quedarse en la cueva custodiándolo cada luna llena.

Una noche, uno de los lobos que custodiaba el collar, Árledis, llegó corriendo al enorme castillo donde vivían los reyes junto con sus hijos. Cuando llegó a la Sala de las Coronas donde se encontraba la Reina Misra junto con Emérides, no pudo controlar su nerviosismo, así que, el Rey suponía que algo había sucedido con el colgante. Se levantó de la silla donde estaba, cenando con su familia y se dirigió a donde estaba Árledis, hablándole en voz muy baja para que su familia no les escuchara, ya que, no quería preocuparles:

- ¿Qué ha ocurrido? - le preguntó, cerrando la puerta de la Sala de las Coronas -.

- Señor, ¡el colgante no está! - su cara expresaba terror hacia la idea de la desaparición de algo tan preciado para la ciudad desde hacía siglos - He estado custodiándolo todo el día, no sé como a podido ocurrir, lo siento señor... se lo pagaré como sea, yo...

- ¡Árledis! - el joven paró de hablar de repente, al escuchar su nombre a voz en grito - Lo único que importa ahora mismo es encontrar el collar. Sabes lo que podrían hacer con él si se lo ponen, sería una catástrofe.

- ¿Qué quiere que haga, señor? - le preguntó seriamente, aquello era algo muy grave que debían tratar con total delicadeza -.

- Quiero que reúnas a la manada y les digas que debemos encontrar el colgante - le ordenó firmemente - Ahora mismo voy, no quiero que mi esposa se agite mucho, está enferma.

- Muy bien, señor.

Árledis se quitó la ropa antes de llegar al bosque surcado por una abrumadora oscuridad. De un joven de diecinueve años, alto, con el cabello largo y negro, sus ojos castaños y su piel fina, junto con sus ropas largas color beis, pasó a ser un lobo enorme con dientes afilados, pelaje de un color negro muy oscuro y sus sentidos completamente agudizados. Debía ir al Salto de Águila, el lugar más alto de la ciudad pero que al estar en medio de ella, era muy fácil que el aullido se escuchara por toda ella y los lobos acudieran inmediatamente. Corrió tan rápido como pudo y aulló lo más fuerte que su garganta pudo soportar; y como él supuso, no tardaron ni cinco minutos en aparecer, así que, les habló telepáticamente para ponerse a trabajar lo más rápido posible, comentándoles el terrible problema que les acontecía en ese mismo momento.

- No voy a andarme con rodeos, alguien ha robado el collar de la cueva - lo soltó sin más pero sabía que, en cuanto dejara de hablar empezarían a cuestionarse por qué Emérides eligió a un chaval sin tan poca experiencia para que fuera su mano derecha y se ocupara de dirigir a la manada cuando él no estaba, así que, quiso seguir hablando - Sé que ahora mismo os estaréis preguntando qué es lo que ha pasado en la cueva para que ahora mismo no esté pero, ni yo lo sé.

- Tú eras el que lo custodiabas - añadió Domanis, una mujer de cabellos blancos y ojos verdes profundos - Deberías saber el por qué.

- Estaba justo en frente de la cueva, dando vueltas por dentro, por fuera... no había nada inusual. Arnomus y Clepsiya estaban por los alrededores de la cueva, observando dentro del bosque y tampoco vieron nada. Así que, no sabemos qué ha podido pasar...

- Lo que pasa es que eres un incompetente - espetó Tirant, el lobo que iba a ser la mano derecha de Emérides, de hecho, era el más cualificado para el puesto, pero el Rey se negó nombrando a Árledis como su mano derecha - Sabía que no tenías experiencia para ésto, se lo dije al Rey y no me hizo caso - añadió mirando hacia otro lado, expresando pasotismo hacia la sola presencia de Árledis -.

- Lo que pasa es que estáis muy equivocados con el muchacho - oyeron a lo lejos la voz profunda del Rey Emérides, el jefe de la manada. Todos agacharon la cabeza en señal de obediencia, aunque al Rey no le importaban demasiado las formalidades desde hacía algún tiempo - Él es el mejor hombre que tengo, mi mano derecha y si él dice que no sabe lo que pasó es que no lo sabe. Además, eso no es lo importante. Quiero que encontremos el colgante, es el regalo de nuestros Dioses y nos pidieron custodiarlo hace siglos y así lo hicimos hasta hoy, debemos traerlo de vuelta - todos dejaron de quejarse y se centraron en el plan para recuperar el colgante - Nos dividiremos en dos grupos: vosotros veinte iréis con Árledis - señaló a los lobos que había a su derecha, añadiendo un inciso - Y no quiero quejas ninguna, él va a ser vuestro jefe de manada en esta misión que os encomiendo. Él manda, son sus reglas y vosotros las acataréis, ¿de acuerdo? - los lobos volvieron a agachar la cabeza, así que, siguió hablando - El resto, vendréis conmigo. Si encontráis el colgante, tres aullidos e iremos lo más rápido que podamos.

Entendidas las órdenes del jefe de la manada, todos se adentraron en los bosques. Árledis decidió buscar cerca de las Cataratas Cristalinas, ya que, allí solían ir muchos elfos a pasar el día y muchos otros venían de otros lugares para visitar las enormes cataratas, quizá un visitante quiso pasar por la cueva y robarlo pero, ¿cómo? Esa pregunta se le aclaró en unos minutos, cuando llegaron a las cataratas, las rodearon para tener todos los puntos de aquel lugar cubiertos, aunque no vieron a nadie. Árledis les dijo que debían marcharse pero vio hojas moverse alrededor de las cataratas, por los árboles; los lobos se pusieron en posición para atacar, completamente concentrados en aquellos movimientos pero parecía que el ladrón desapareció, ya que, no oyeron ningún otro ruido. Cubrieron toda la zona del bosque acercándose incluso a los alrededores de la Ciudad Élfica, lo que significaba que estaban bastante lejos de la Ciudad Aullante y ya estaba amaneciendo.

Emérides les ordenó que, si no encontraban nada entrado el amanecer que volvieran a la cueva para que los aldeanos, elfos y enanos no pensaran que había sucedido algo con el collar y siguieran pensando que aquel era un lugar seguro. Todos sus compañeros fueron a hacer guardia alrededor de la Ciudad Aullante pero, a Árledis le llamó la atención aquél movimiento que vieron en las cataratas, así que, decidió transformarse en humano, vestirse y volver a visitar el lugar. Había ido más rápido en forma de lobo, de hecho, siempre lo echaba de menos, se sentía completamente libre consigo mismo, aunque estuviera ligado a la manada; pero no podía quejarse, eran su familia. 

Al llegar a las Cataratas Cristalinas, vio algo que se movía pero no era capaz de verlo con claridad, era una especie de masa transparente. Poco a poco empezó a tener forma y se sorprendió al ver que era una de las brujas más bellas que había visto nunca: su cabello dorado con ondas pronunciadas hondeaba al viento, sus ojos azules eran brillantes, sus labios carnosos sonreían, su piel completamente fina que mostraba su completa desnudez. Se metió dentro del agua poco a poco, Árledis sabía que no debía mirar mientras una mujer se desnudaba o se metía en el agua pero, era inevitable no mirarla, era tan hermosa que podías apartar la mirada de ella, te cautivaba de una forma única.

- ¿Te quieres dar un baño? - al principio pensó que le estaba hablando a otra persona pero, de repente, se giró justo para mirar en la dirección donde se encontraba él - Sé que estás escondido, pero puedes salir, sé que llevas ahí un rato - a Árledis se le enrojecieron las mejillas, pero salió de su escondite y se acercó donde ella estaba, intentando mirar hacia otro lado - Sé lo que estás buscando, lobo.

- ¿Perdón? - normalmente, se sabía que la Ciudad Aullante era la ciudad de los lobos pero los aldeanos, brujos, elfos y enanos no sabían quienes formaban parte de la manada. Siempre tenían que esconderlo, tenían que hacerse pasar por humanos - No sé de qué me está hablando, señorita.

- Os vi a todos buscando el collar de la cueva de la Ciudad Aullante. Estabais como locos buscándola, correteando como perritos cuando les tiras un hueso - se rió de forma angelical, pero aquella manera socarrona de expresarse a Árledis no le gustó en absoluto, sabía que estaba jugando con él - Tengo el collar.

- Disculpe pero... - de repente, hubo un ruido ensordecedor y él se giró poniéndose en posición de ataque. Sus ojos y sus colmillos le delataron; al instante supo que había sido ella, con su poder de movimiento - Deja de hacer como que no sabes de que estoy hablando, porque te robé delante de tus narices y ni te diste cuenta. Sabes que los de tu manada no te tienen confianza ni el menor aprecio, no saben por qué el Rey te eligió, ¿verdad? tan solo tienes diecinueve años y nada de experiencia de campo - Árledis no sabía cómo podía saber todo aquello - ¿Dónde está el colgante? - accedió a hablar de igual a igual, si quería jugar, iban a jugar -.

- Lo tengo justo aquí - sonrió mientras hacía un movimiento de muñeca e hizo aparecer el colgante en su mano. Árledis hizo ademán de cogerlo, pero ella retiró la mano y volvió a sonreír - No, no. Tenéis algo que es de mi pueblo y quiero recuperarlo.

- ¿La esmeralda plateada? - era de esperar, todo pueblo tenía un objeto valioso - Le disteis tan poca importancia que la perdisteis, no estáis capacitadas para canalizar tanto poder.

- ¿Por qué crees que la Reina Minra sigue viviendo? Tiene una enfermedad terminal que hubiera terminado con ella hace mucho tiempo, pero los secuaces del Rey vivnisteis a la Ciudad Mágica para quitárnoslo, y así, poder estabilizar a la Reina - añadió, saliendo del agua desnuda. Árledis miró hacia abajo y, susurrando unas palabras se vistió. Llevaba una túnica larga de un color violeta con varias capas de colores dorados como su pelo; se acercó a él y continuó, esta vez, con voz amenazante - Quiero la esmeralda plateada, sino, voy a seguir cortándoles la cabeza a todos los lobos de tu manada que encuentre.

- ¿Seguir cortándoles? - preguntó el joven algo nervioso. Si les había hecho semejante atrocidad a los lobos, el Rey no tardaría en querer vengarse de los brujos y se desataría una guerra que acabaría en sangre - ¿Quiénes?

Lo que vio a continuación le dolió tanto que tuvo que aceptar para poder irse al castillo y hablar con Emérides. Mientras iba a toda velocidad transformado en lobo por el bosque, su rabia de animal le desgarraba por dentro, solo quería matar a aquella bruja despiadada, pero tuvo que aguantar, no podía fallar. Cuando llegó al castillo, entró en la Sala de las Coronas, donde el Rey esperaba preocupada, sentado en su trono; se levantó nada más verle. Árledis, en su forma humana agachó la cabeza y unas lágrimas cayeron por sus mejillas:

- Árledis, háblame. ¿Qué ha ocurrido?

- Señor... Una de las brujas de la Ciudad Mágica les ha cortado la cabeza a Ronira, Eslavia, Sirenia... a toda la manada que controlaba los alrededores de las cataratas - miró a los ojos al jefe de la manada y siguió antes de que se le adelantara -: Quiere la esmeralda plateada.

- Pero mi esposa... ¡no puedo hacerle esto! - respondió el Rey con rabia. Si la esmeralda plateada se alejaba de ella, tan solo tendría un día de vida - Necesito que...

- Emérides, dale la esmeralda - añadió una voz suave de una mujer morena, de ojos de color canela, labios finos y cabellos negros y largos hasta la cintura, vistiendo un largo vestido color rojo sangre. Se quitó la esmeralda del colgante que llevaba al cuello y se lo entregó a Árledis - No quiero que nadie más de nuestra manada resulte herido.

- Señora... morirá. No puedo permitir que usted...

- Ve, se te acaba el tiempo - le dijo, dándole un beso en la mejilla y haciéndole callar. Emérides miró al suelo con tristeza, estaba confuso, en esos momentos no sabía si ayudar a la manada o hacer que su mujer siguiera viva. Árledis lo tenía claro -.

Árledis se transformó en lobo y esa rabia fue creciendo, quería venganza. Él era un animal y sabía que si se volvía a transformar en humano no podría ejecutar aquello que quería hacer; había una gran decisión en juego: o su manada y su reina o entregar la esmeralda, eligió traicionar a la bruja de la Ciudad Mágica. Si aparecía como un lobo intentando apartar todos sus pensamientos y tener la mente en blanco, podría conseguir su propósito y que ella no le descubriera, así que, se dirigió a las Cataratas Cristalinas, donde ella le estaba esperando sentada cerca del agua.

- Has venido... - le dijo sonriendo - ¿En forma de lobo?

Se acercó a ella poco a poco para que no sospechara, ella esperó a que estuviera justo delante y le tocó la cabeza volviendo a sonreír. Árledis soltó la esmeralda de su boca y la posó justo encima de la mano de la bruja.

- Encantada de hacer tratos contigo - contestó con voz coqueta guiñándole un ojo -.

Árledis esperó, sabía que tenía justo diez segundos para actuar antes que desapareciera con la esmeralda. Ella se dio la vuelta y, en ese momento, actuó: la atacó por detrás con sus enormes colmillos afilados y empezó a arrancarle el cuello, después todo el cuerpo hasta que la dejó inerte en el suelo. Se transformó en lobo, cogió la esmeralda y el colgante azulado y a la bruja y la llevó a su pueblo para que la enterraran allí junto con un cartel que decía: "No volváis a chantajear a un lobo o vais a acabar muertos, no vengáis a por la esmeralda plateada o Árledis matará a todo ser mágico que se cruce en mi camino".

Dejó el colgante azulado y brillante y les dijo a sus compañeros de la manada que lo custodiaran hasta que él volviera del castillo. La esmeralda plateada, volvió al collar de la Reina Manra y el Rey volvió a estar orgulloso de aquel que siempre había considerado su hijo, obteniendo el respeto del resto de la manada y en un futuro siendo el sucesor del jefe de la manada a petición de sus hermanos.

En toda esta misión tan difícil en la que tuvo que lidiar con sus hermanos que no le aceptaban, encontrar el collar y tomar una gran decisión, la decisión que cualquier jefe de manada se enfrenta: elegir entre la manada, es decir, tu familia o elegir que otra persona viva y que peligre la vida de tu familia. Pero esa es la fuerza de un lobo, la pureza y la fuerza que puede hacer que se decante por un lado o por otro, la libertad de sentir el aire chocando con el pelaje de color negro y todos sus sentidos puestos en cualquier movimiento. Ser un hombre lobo no era una maldición, era una bendición que hacía que la Ciudad Aullante continuara siendo una ciudad segura y unida.

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