Oscuridad:





Sentada sobre la arena, mirando la fuerza con la que las olas chocaban con las rocas y escuchando su sonido relajante, en el que podía adentrarme en mis pensamientos, en aquellos a los que quería llegar para reflexionar, aunque realmente, era duro pararme a pensar en ellos, eran como lanzas que se incrustaban en tu mente y no dejaban de ser torbellinos que no te dejaban tener un día tranquilo y en paz.

Todo el mundo tiene la sensación de que vivo una vida sin problemas y completamente próspera y llena de felicidad por allí donde paso, ya que, mi sonrisa suele inundar todas las habitaciones y a todos los lugares donde suelo ir, siempre me ven feliz. Mis ojos castaños suelen dar a entender que me siento relajada y que tengo mi vida completamente controlada; mis manos apenas tiemblan ya, sienten que están seguros a mi lado, me sienten junto a ellos; mis palabras son calculadas y detalladas antes de que salgan de mi boca, no sé cómo no han sido capaces de darse cuenta, y no es que mienta, sino que debo ir con cuidado con aquello que digo; mi pelo castaño cae sobre mis hombros al mismo tiempo que caen mis hombros por el cansancio que siento en todo mi cuerpo.
Todo esto, puede ser verdad o no, depende de a quién preguntes. Está claro que mi vida está yendo mucho mejor de lo que esperaba pero hay cosas que siempre vuelven a tí como algo que quiere arrancar tu ser y tu sentir, algo que quiere que salgas de quién tu realmente eres, pero sabes que no puedes y que no puedes cambiarlo.

La soledad es un sentimiento que te arrastra, como el mar hace que las olas se arrastren hacia las rocas, chocando contra ellas y provocándoles lo que se llama un dolor profundo, paradójicamente. Las olas de mi vida son personas y sus palabras chocan contra mis rocas que, aunque parezcan inpenetrables, no todo lo pueden parar, no todo el dolor puede cesar, no toda la violencia y el sentimiento de tragedia que embriaga a una persona puede cesar. El agua te inunda y acabas ahogándote en tus lágrimas y en tu dolor, las personas te arrancan todo lo que eres, son tan crueles que te arrancan todo lo que tienes y todo lo que has querido para que te sientas mal y quieras subir a lo más alto para maldecirles y desearles el peor mal existente, el mal que perdura dentro de ti y que no quieres mostrar, porque sabrían en el monstruo en el que te convertiste hace mucho tiempo, pero el que decidiste que no saldría jamás de tu interior, ya que, querías una vida sana, tranquila y plena. 

Miré a mi alrededor y un chico joven se acercó a mí. Era alto, pelo negro, ojos castaños, vestía bastante formal con traje, manos de guitarrista y un reloj de plata que se veía a kilómetros de distancia, parecía algo presumido. Se sentó a mi lado y empezó a analizarme de arriba a abajo:

- Tú debes de ser la joven a la que he estado buscando - su sonrisa pícara me dio mala espina, no sabía quién era aquel joven y, la verdad, me ponía el pelo de gallina - Eres aquella a la que he estado buscando, aquella a la que ansío tener...

- Disculpa, creo que te has acelerado un poco - le dije echándome un poco hacia atrás. Aquél tipo venía con toda la confianza del mundo, como si me conociera de algo, pero se me había olvidado por completo si era así - No sé quién eres, así que... solo he venido a estar sola, si no te importa.

- Me tuteas, eso es bueno - me volvió a sonreír. Era verdad, le había tuteado, eso es que le conocía de algo - Te acuerdas en tu subconsciente, ¿verdad?

- No sé quién eres, pero me resultas familiar - quería terminar con aquello, así que, le hice la esperada pregunta - Así que, ¿me podrías impresionar con lo que sabes?

- Soy Ketler, el monstruo que has querido sacar de tu interior hace tanto tiempo - mis ojos se salieron de mis órbitas, aquello era un disparate. El joven, al ver que mi cara era de completa incredulidad, continuó explicándome aquello - Pensabas que me sacaste, era un dolor muy profundo que tenías dentro, que solía salir y asustaba a las personas. Un día conseguiste quemar un coche por la ira que llegaste a sacar de tí misma, tenías tanto odio que llegaste a crearme dentro de tu cuerpo, dentro de tu ser. Eras una chica ejemplar, tierna, cariñosa, increíblemente tímida... pero por tus experiencias has llegado a ser lo que más temías, un monstruo, y yo soy él.

- ¿Tu eres mi...? - mi cara empezó a enrojecerse de puro pánico, mis ojos le miraron de arriba a abajo, ¡era de carne y hueso! - ¿A qué has venido?

- A devolverte aquello que es tuyo, aquello que siempre has anhelado, aquello que siempre has querido para tu vida y que siempre te ha costado conseguir - de repente, sacó una bola azul celeste, cambiando de color todo el tiempo que estuvo allí. Me la entregó - Aquí tienes tu paz, aquí tienes tu compañía, tu ser, tu alma, la razón de tu existencia...

Cuando la toqué, sentí una vibración extremadamente fuerte e incluso, me dio un calambre. Conocía aquella sensación, conocía aquel momento, conocía a mi compañía y sabía exactamente por qué estaba allí. La bola que sujetaba era mi muerte, aquella era mi paz y mi razón para dejar de seguir adelante; él era mi monstruo interior, el que sabía perfectamente qué era lo que sentía en aquel preciso momento, en aquel preciso instante de mi vida. No era que quisiera morir o necesitara aquello, sino que quería paz, quería algo que sentir después de estas últimas semanas, algo que tocar, algo que ver... Me habían agotado tanto, que ya no sabía cuál era mi sitio aquí, cuál era el momento perfecto para hacer las cosas o el momento para hablar y jamás eran capaces de escucharte porque no eres más que una simple joven que no se merece que la valoren. Simplemente eres un bicho raro, por ello, aquella bola cambiante de color me vino tan bien, porque al tocarla fui capaz de sentir cómo me absorbía, cómo moría poco a poco con aquella vibrante melodía que sonaba a mi alrededor, veía cómo Ketler se adentraba a su vez en mi cuerpo y empezaba a sentirme enfadada y, a la vez, en otro universo.

Aquello fue un choque profundo de fuerzas que colisionaban, que querían que me sintiera mejor, pero ni en el lugar más recóndito o lejos del planeta me iba a sentir distinta de cómo me sentía: críticas punzantes de personas a las que siempre has querido, heridas que se abren, ahogarse en un mar de lágrimas, me sentía desconectada de la vida humana, de los terrestres, incluso de los animales y las plantas, no sabía qué era aquel lugar oscuro al que me había llevado la muerte más excitante que había sentido jamás, nada podría haber cambiado eso. 

Había una luz tenue en aquella habitación donde me encontraba, era una luz que poco a poco se iba atenuando más y más, como la esperanza que tenía por un progreso que parecía que no iba a llegar nunca, cosas que parecía que no fueran a cambiar, cosas que estaban lejanas de resolverse, cosas hechas por lástima, latigazos en el corazón, dudas en la mente, poca serenidad y falta de motivación. Todo ello, se atenuaba hasta que me quedé sin luz, me quedé completamente a oscuras en un lugar que no tenía ningún sentido para mí, en un lugar en el que no había estado nadie nunca y del que no había oído hablar.

Aquello era la oscuridad de un alma perdida...

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