La pelea que podría convertirse en Batalla:




Durante años, siempre se ha dicho que los elfos son una especie de criaturas nobles, curiosas, hermosas, místicas y brillantes, pero como todas los humanos y criaturas sobrenaturales, también tienes sus características oscuras. 

La historia más antigua cuenta que una serie de elfos situados más al norte del Bosque Negro, eran los elfos de mayor riqueza, de mayores famílias y los que siempre vivían felices con sus hermanos. Tenían respeto unos con otros y jamás se habían metido en una guerra a no ser que alguna persona digna de su confianza lo hubiera pedido, pero hasta el momento, no habían tenido ningún tipo de petición especial. Los elfos del sur del Bosque Negro, eran los elfos rebeldes, los que hacían tratos con otras criaturas y aceptando sobornos, no vivían con suma riqueza como los del norte y eran muy envidiosos, por ello, los elfos del norte no querían tener mucho que ver con ellos, eran peligrosos y siempre buscaban un motivo para buscar pelea.

Una mañana soleada, el príncipe Elenis enviado por el Rey al Bosque Negro para traer comida a los elfos  que vivían en el castillo, se metió en sus profundidades. Le encantaba cazar animales con su arco hecho de roble de un color verdoso como sus ojos, ya que, a los elfos del norte les encantaba hacer este tipo de armas y el color siempre debía combinar con el color de los ojos del elfo que lo llevara, ya que, creían mucho en la espiritualidad que procedía de ellos. Iba encima de su caballo llamado Águila Blanca, le llamó así porque corría muy rápido, cuando se fijaba en algún objetivo en particular, iba a por él y era blanco; su pelo laceo era fino y de un color castaño brillante que, ondeaba silenciosamente chocando con la suave brisa que embargaba todo el bosque, iba vestido con una camisa fina también del mismo color que sus ojos y su arco, debajo de la fuerte armadura plateada hecha por un antiguo caballero que luchó en una guerra contra los Gigantes Rojos, unos tipos muy poco amigables, les encantaba chafar criaturas con sus enormes pies y, si te despistabas acababas pareciéndote a una cucaracha. 

Al cabo de unos 20 minutos llegó a un claro en el Bosque donde entraba la luz del sol en medio de los árboles y provocaba una sensación de calma y calor que era abrumadora. Bajó del caballo, sacó el arco y preparó una flecha por si veía la oportunidad de cazar un ciervo, un conejo o algo similar, no era gran cosa pero era la carne que siempre servían en las cenas familiares. De repente, oyó un chasquido no muy lejos de él, se giró rápidamente hacia su izquierda y vio las orejas de lo que podría ser un ciervo; se escondió detrás de un árbol y esperó un poco a que el animal se acercara un poco más. Preparó el arco y puso la flecha en posición, estaba tan cerca que no haría falta darle tanta velocidad pero, en aquel momento, el animal fue abatido por una flecha grande y negra. Se giró rápidamente para ver quién le había fastidiado el tiro y, por supuesto, era el elfo del sur más temido por los norteños, Tanides. 

- Esta es la comida que prepararé esta noche - dijo con fanfarronería, pero Elenis aguantó su postura, sabía que era muy peligroso enfrentarse a él - Os gusta cazar por aquí, ¿verdad, norteño?

- La verdad es que sí, pero yo ya me iba - fue acercándose a paso rápido hacia su caballo pero una flecha negra le rozó por la parte izquierda de la cara provocándole un pequeño corte y cortándole un mechón de su pelo brillante. Se giró hacia Tanides - Vale, ¿qué quieres? - sabía que era una pregunta peligrosa y más hacérsela un príncipe a un asesino en masa. Se limpió un poco el corte con las manos, le molestaba el líquido sangrante -.

- ¿Piensas que he olvidado que mataste a mis hermanos en la cueva sureña? - se acercó más a Elenis conforme hablaba cada vez levantando más la voz - No lo he olvidado.

- Ellos vinieron a por mí família, no tenían nada que ver con tus negocios, pero aún así, querían matarlos por placer y diversión - Elenis estaba endureciendo la mandíbula, aquel día no lo olvidaría jamás, al igual que Tanides -.

- ¿Insinúas que se lo merecían? ¿Mis hermanos? - cuando Elenis quiso reaccionar, ya tenía una hoja afilada en su cuello, ennegrecida - Tenía ganas de verte, ¿sabes? 

- Vaya... ¡siento no acompañarte en el sentimiento!

Cogió la mano donde estaba amenazándole con el afilado cuchillo y se la empujó presionándole la muñeca hasta que calló fuertemente en el suelo. Pareció hacerle gracia, sonreía enseñando sus blanquecinos dientes y su pelo gris ladeaba con la brisa, sus ojos negros exhibían el puro odio salido del más temible infierno y su armadura de color negro era parecía completamente impenetrable. Elenis llegó a alcanzar la espada plateada con mango dorado que tenía guardada en la parte derecha del caballo y se encontró con la famosa espada plateada con mango negro de Tanides. Aquel hombre oscuro, mandó a sus hermanos a por su família cuando estaban pasando un maravilloso día en la parte compartida que pactaron tener los norteños y sureños, era una hermosa cueva que estaba en lo alto de una montaña y en la que se podía ver todo el Bosque Negro desde arriba; cuando él fue a coger unas manzanas bajando al Bosque oyó los gritos de su madre y de sus dos hermanas pequeñas de 8 años, aquellas niñas morenas de cabello fino y cara blanquecina con ojos verdes y brillantes abrazando el cariño siempre que le miraban, y su madre que era la persona más bondadosa que había conocido jamás con sus cabellos castaños, su tez pálida, ojos verdes y labios carnosos; cuando subió rápidamente para ver qué pasaba, los tres hermanos pelotas de Tanides empuñaban sus espadas contra ellas, las tenían completamente aterrorizadas. Todo ello terminó en pelea y Elenis terminó ejecutándolos a ambos, no quería pero no pudo evitar el sentimiento de protección hacia su família. Cuando su padre se enteró de aquello se encolerizó pero, cuando supo que estaban muertos, se lo agradeció gratamente.

Aquella absurda pelea duró un tiempo, hasta que por fin Elenis vio una oportunidad de abatirlo. Tanides le había atacado con toda su ira cogiendo el mango negro de su espada con ambas manos desde arriba, así que, Elenis cogió fuerte su espada, la empuño con todas sus fuerzas hacia el centro atravesándole el estómago a su contrincante. La mirada de Tanides se volvió vacía pero su odio aumentaba, seguía teniendo sus creencias y era capaz de morir por ellas sin ser capaz de entender qué era la família en realidad. El norteño sacó la espalda del pecho del abatido y éste cayó hacia atrás provocando un gran charco de sangre alrededor de las verdes hojas. Limpió la hoja de la espada y la guardo en la parte derecha del caballo, en el lugar de donde la había cogido al empezar la pelea; le gustaba usarla, pero no le apasionaba precisamente matar.

Al anochecer volvía al castillo donde seguramente, le estaban esperando sus padres y sus dos hermanas pequeñas, seguro que tendrían hambre. Aquella tarde no sólo había salido a cazar, sino que aprendió algo importante: los sureños nunca olvidan pero, acaban abatidos por su rencor e ira acumulada. Tanides se lo merecía, desde generaciones pasadas, su família había aterrorizado a todos los elfos que se acercaban al Bosque Negro o a las cuevas sureñas, siempre debían estar alerta para no conseguir que les mataran. Aquello había sido una victoria para ellos, pero quizá provocaran una guerra con los sureños por haber matado al Príncipe Tanides.

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